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El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.86

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anciana e impedida que no podía andar. La abuela, muy enojada, le reprochó largo rato y
en voz alta por lo que consideraba una estafa y estuvo regateando con él en una mezcla
de ruso, francés y alemán, a cuya traducción ayudaba yo. El empleado nos miraba
gravemente, sacudiendo en silencio la cabeza. A la abuela la observaba con una
curiosidad tan intensa que rayaba en descortesía. Por último, empezó a sonreírse.
-¡Bueno, andando! -exclamó la abuela-. ¡Ojalá se le atragante mi dinero! Que te lo
cambie Aleksei Ivanovich; no hay tiempo que perder, y además habría que ir a otro
sitio...
-El empleado dice que otros darán menos.
No recuerdo con exactitud la tarifa que fijaron, pero era horrible. Me dieron un total de
doce mil florines en oro y billetes. Tomé el paquete y se lo llevé a la abuela.
-Bueno, bueno, no hay tiempo para contarlo -gesticuló con los brazos-, ¡de prisa, de
prisa, de prisa! Nunca más volveré a apostar a ese condenado zéro; ni al rojo tampoco
-dijo cuando llegábamos al Casino.
Esta vez hice todo lo posible para que apostara cantidades más pequeñas, para
persuadirla de que cuando cambiara la suerte habría tiempo de apostar una cantidad
considerable. Pero estaba tan impaciente que, si bien accedió al principio, fue del todo
imposible refrenarla a la hora de jugar. No bien empezó a ganar posturas de diez o veinte
federicos de oro, se puso a darme con el codo:
-¡Bueno, ya ves, ya ves! Hemos ganado. Si en lugar de diez hubiéramos apostado
cuatro mil, habríamos ganado cuatro mil. ¿Y ahora qué? ¡Tú tienes la culpa, tú solo!
Y aunque irritado por su manera de jugar, decidí por fin callarme y no darle más
consejos.
De pronto se acercó Des Grieux. Los tres estaban allí al lado. Yo había notado que
mademoiselle Blanche se hallaba un poco aparte con su madre y que coqueteaba con el
príncipe. El general estaba claramente en desgracia, casi postergado. Blanche ni siquiera
le miraba, aunque él revoloteaba en torno a ella a más y mejor. ¡Pobre general!
Empalidecía, enrojecía, temblaba y hasta apartaba los ojos del juego de la abuela.
Blanche y el principito se fueron por fin y el general salió corriendo tras ellos.
-Madame, madame -murmuró Des Grieux con voz melosa, casi pegándose al oído de la


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