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El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.85

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Blanche con su madre. Polina Aleksandrovna no
estaba con ellos, ni tampoco mister Astley.
-¡Bueno, bueno, bueno! ¡No hay que detenerse! -gritó la abuela-. Pero ¿qué queréis?
¡No tengo tiempo que perder con vosotros ahora!
Yo iba detrás. Des Grieux se me acercó.
-Ha perdido todo lo que había ganado antes, y encima doce mil gulden de su propio
dinero. Ahora vamos a cambiar unos certificados del cinco por ciento -le dije
rápidamente por lo bajo.
Des Grieux dio una patada en el suelo y corrió a informar al general. Nosotros
continuamos nuestro camino con la abuela.
-¡Deténgala, deténgala! -me susurró el general con frenesí.
-¡A ver quién es el guapo que la detiene! -le contesté también con un susurro.
-¡Tía! -dijo el general acercándose-, tía... casualmente ahora mismo... ahora mismo... -le
temblaba la voz y se le quebraba- íbamos a alquilar caballos para ir de excursión al
campo... Una vista espléndida... una cúspide... veníamos a invitarla a usted.
-¡Quítate allá con tu cúspide! -le dijo con enojo la abuela, indicándole con un gesto que
se apartara.
-Allí hay árboles... tomaremos el té... -prosiguió el general, presa de la mayor
desesperación.
-Nous boirons du lait, sur l´herbe fraîche -agregó Des Grieux con vivacidad brutal.
Du laít, de I´herbe fraiche -esto es lo que un burgués de París considera como lo más
idílico; en esto consiste, como es sabido, su visión de «la nature et la vérité».
-¡Y tú también, quítate allá con tu leche! ¡Bébetela tú mismo, que a mí me da dolor de
vientre. ¿Y por qué me importunáis? -gritó la abuela-. He dicho que no tengo tiempo que
perder.
-¡Hemos llegado, abuela! -dije-. Es aquí.
Llegamos a la casa donde estaba la agencia de cambio. Entré a cambiar y la abuela se
quedó a la puerta. Des Grieux, el general y mademoiselle Blanche se mantuvieron
apartados sin saber qué hacer. La abuela les miró con ira y ellos tomaron el camino del
Casino.
Me propusieron una tarifa de cambio tan atroz que no me decidí a aceptarla y salí a
pedir instrucciones a la abuela.
-¡Qué ladrones! -exclamó levantando los brazos-. ¡En fin, no hay nada que hacer!
¡Cambia! -gritó con resolución-. Espera, dile al cambista que venga aquí.
-¿Uno cualquiera de los empleados, abuela?
-Cualquiera, dalo mismo. ¡Qué ladrones!
El empleado consintió en salir cuando supo que quien lo llamaba era una condesa


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