El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.84
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empujándome-. ¡Tú me lo quitaste de la cabeza!
-Abuela, yo le dije lo que dicta el sentido común. ¿Acaso puedo yo responder de las
probabilidades?
-¡Ya te daré yo probabilidades! -murmuró en tono amenazador-. ¡Vete de aquí!
-Adiós, abuela -y me volví para marcharme.
-¡Aleksei Ivanovich, Aleksei Ivanovich, quédate! ¿Adónde vas? ¿Pero qué tienes?
¿Enfadado, eh? ¡Tonto! ¡Quédate, quédate, no te sulfures! La tonta soy yo. Pero dime,
¿qué hacemos ahora?
-Abuela, no me atrevo a aconsejarla porque me echará usted la culpa. Juegue sola.
Usted decide qué puesta hay que hacer y yo la hago.
- ¡Bueno, bueno! Pon otros cuatro mil gulden al rojo. Aquí tienes el monedero.
Tómalos. -Sacó del bolso el monedero y me lo dio-. ¡Hala, tómalos! Ahí hay veinte mil
rublos en dinero contante.
-Abuela -dije en voz baja-, una suma tan enorme...
-Que me muera si no gano todo lo perdido... ¡Apuesta! -Apostamos y perdimos.
-¡Apuesta, apuesta los ocho mil!
-¡No se puede, abuela, el máximo son cuatro mil!...
-¡Pues pon cuatro!
Esta vez ganamos. La abuela se animó. «¿Ves, ves? -dijo dándome con el codo-. ¡Pon
cuatro otra vez!»
Apostamos y perdimos; luego perdimos dos veces más.
-Abuela, hemos perdido los doce mil -le indiqué.
-Ya veo que los hemos perdido -dijo ella con tono de furia tranquila, si así cabe
decirlo-; lo veo, amigo, lo veo -murmuró mirando ante sí, inmóvil y como cavilando
algo-. ¡Ay, que me muero si no ... ! ¡Pon otros cuatro mil gulden!
-No queda dinero, abuela. En la cartera hay unos certificados rusos del cinco por ciento
y algunas libranzas, pero no hay dinero.
-¿Y en el bolso?
-Calderilla, abuela.
-¿Hay aquí agencias de cambio? Me dijeron que podría cambiar todo nuestro papel -
preguntó la abuela sin pararse en barras.
- ¡Oh, todo el que usted quiera! Pero de lo que perdería usted en el cambio se asustaría
un judío.
-¡Tontería! Voy a ganar todo lo perdido. Llévame. ¡Llama a esos gandules!
Aparté la silla, aparecieron los cargadores y salimos del Casino. «¡De prisa, de prisa, de
prisa!» -ordenó la abuela-. Enseña el camino, Aleksei Ivanovich, y llévame por el más
corto... ¿Queda lejos?
-Está a dos pasos, abuela.
Pero en la glorieta, a la entrada de la avenida, salió a nuestro encuentro toda nuestra
pandilla: el general, Des Grieux y mlle.
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