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El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.83

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reciben sin duda premios y gratificaciones. Sea como fuere, miraban ya a la abuela como
víctima. Acabó por suceder lo que veníamos temiendo.
He aquí cómo pasó la cosa.
La abuela se lanzó sin más sobre el zéro y me mandó apostar a él doce federicos de oro.
Se hicieron una, dos, tres posturas... y el zéro no salió. « ¡Haz la puesta, hazla! »-decía la
abuela dándome codazos de impaciencia. Yo obedecí.
-¿Cuántas puestas has hecho? -preguntó, rechinando los dientes de ansiedad.
-Doce, abuela. He apostado ciento cuarenta y cuatro federicos de oro. Le digo a usted
que quizá hasta la noche...
-¡Cállate! -me interrumpió-. Apuesta al zéro y pon al mismo tiempo mil gulden al rojo.
Aquí tienes el billete.
Salió el rojo, pero esta vez falló el zéro; le entregaron mil gulden.
-¿Ves, ves? -murmuró la abuela-. Nos han devuelto casi todo lo apostado. Apuesta de
nuevo al zéro; apostaremos diez veces más a él y entonces lo dejamos.
Pero a la quinta vez la abuela acabó por cansarse.
-¡Manda ese zéro asqueroso a la porra! ¡Ahora pon esos cuatro mil gulden al rojo!
-ordenó.
-¡Abuela, eso es mucho! ¿Y qué, si no sale el rojo? -le dije en tono de súplica; pero la
abuela casi me molió a golpes. (En efecto, me daba tales codazos que parecía que se
estaba peleando conmigo.) No había nada que hacer. Aposté al rojo los cuatro mil gulden
que ganamos esa mañana. Giró la rueda. La abuela, tranquila y orgullosa, se enderezó en
su silla sin dudar de que ganaría irremisiblemente.
-Zéro -anunció el crupier.
Al principio la abuela no comprendió; pero cuando vio que el crupier recogía sus cuatro
mil gulden junto con todo lo demás que había en la mesa, y se dio cuenta de que el zéro,
que no había salido en tanto tiempo y al que habíamos apostado en vano casi doscientos
federicos de oro, había salido como de propósito tan pronto como ella lo había insultado
y abandonado,, dio un suspiro y extendió los brazos con gesto que abarcaba toda la sala.
En torno suyo rompieron a reír.
-¡Por vida de ... ! ¡Conque ha asomado ese maldito! -aulló la abuela-. ¡Pero se habrá
visto qué condenado! ¡Tú tienes la culpa! ¡Tú! -y se echó sobre mí con saña,


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