El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.80
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las arreglaba sola. Sin contar que la madre apenas sabía nada de los negocios de su
supuesta hija.
Los tres estaban discutiendo acaloradamente de algo, y hasta la puerta del gabinete
estaba cerrada, lo cual nunca había ocurrido antes. Cuando me acerqué a la puerta oí
voces destempladas -las palabras insolentes y mordaces de Des Grieux, los gritos
descarados, abusivos y furiosos de Blanche y la voz quejumbrosa del general, quien, por
lo visto, se estaba disculpando de algo-. Al entrar yo, los tres parecieron serenarse y
dominarse. Des Grieux se alisó los cabellos y de su rostro airado sacó una sonrisa, esa
sonrisa francesa repugnante, oficialmente cortés, que tanto detesto. El acongojado y
decaído general tomó un aire digno, aunque un tanto maquinalmente. Sólo mademoiselle
Blanche mantuvo inalterada su fisonomía, que chispeaba de cólera. Calló, fijando en mí
su mirada con impaciente expectación. Debo apuntar que hasta entonces me había tratado
con la más absoluta indiferencia, sin contestar siquiera a mis saludos, como si no se
percatara de mi presencia.
-Aleksei Ivanovich -dijo el general en un tono de suave reconvención-, permita que le
indique que es extraño, sumamente extraño, que..., en una palabra, su conducta conmigo
y con mi familia..., en una palabra, sumamente extraño...
-Eh! ce n´est pas ça! -interrumpió Des Grieux irritado y desdeñosamente. (Estaba claro
que era él quien llevaba la voz cantante)-. Mon cher monsieur, notre cher général se
trompe, al adoptar ese tono -continuaré sus comentarios en ruso-, pero él quería decirle...
es decir, advertirle, o, mejor dicho, rogarle encarecidamente que no le arruine (eso, que
no le arruine). Uso de propósito esa expresión...
-¿Pero qué puedo yo hacer? ¿Qué puedo? -interrumpí.
-Perdone, usted se propone ser el guía (¿o cómo llamarlo?) de esa vieja, cette pauvre
terrible vieille -el propio Des Grieux perdía el hilo-, pero es que va a perder; perderá
hasta la camisa. ¡Usted mismo vio cómo juega, usted mismo fue testigo de ello! Si
empieza a perder no se apartará de la mesa, por terquedad, por porfía, y seguirá jugando y
jugando, y en tales circunstancias nunca se recobra lo perdido, y entonces... entonces...
-¡Y entonces -corroboró el general-, entonces arruinará usted a toda la familia! A mí y a
mi familia, que somos sus herederos, porque no tiene parientes más allegados.
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