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El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.79

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Se diría que me había
estado esperando y al momento me hizo seña de que me acercara.
-Polina Aleks...
-¡Más bajo! -me advirtió.
-Figúrese -murmuré-, acabo de sentir como un empellón en el costado. Miro a mi
alrededor y ahí estaba usted. Es como si usted exhalara algo así como un fluido eléctrico.
-Tome esta carta -dijo Polina pensativa y ceñuda, probablemente sin haber oído lo que
le había dicho- y en seguida entréguesela en propia mano a mister Astley. Cuanto antes,
se lo ruego. No hace falta contestación. Él mismo...
No terminó la frase.
~¿A mister Astley? -pregunté con asombro. Pero Polina ya había cerrado la puerta.
-¡Hola, conque cartitas tenemos! -Fui, por supuesto, corriendo a buscar a mister Astley,
primero en su hotel, donde no lo hallé, luego en el Casino, donde recorrí todas las salas,
y, por último, camino ya de casa, irritado, desesperado, tropecé con él inopinadamente.
Iba a caballo, formando parte de una cabalgata de ingleses de ambos sexos. Le hice una
seña, se detuvo y le entregué la carta. No tuvimos tiempo ni para mirarnos; pero sospecho
que mister Astley, adrede, espoleó en seguida a su montura.
¿Me atormentaban los celos? En todo caso, me sentía deshecho de ánimo. Ni siquiera
deseaba averiguar sobre qué se escribían. ¡Con que él era su confidente! «Amigo, lo que
se dice amigo -pensaba yo-, está claro que lo es (pero ¿cuándo ha tenido tiempo para
llegar a serlo?); ahora bien, ¿hay aquí amor? Claro que no» -me susurraba el sentido
común. Pero el sentido común, por sí solo, no basta en tales circunstancias. De todos
modos, también esto quedaba por aclarar. El asunto se complicaba de modo
desagradable.
Apenas entré en el hotel cuando el conserje y el Oberkellner, que salía de su habitación,
me hicieron saber que se preguntaba por mí, que se me andaba buscando y que se había
mandado tres veces a averiguar dónde estaba; y me pidieron que me presentara cuanto
antes en la habitación del general. Yo estaba de pésimo humor. En el gabinete del general
se encontraban, además de éste, Des Grieux y mademoiselle Blanche, sola, sin la madre.
Estaba claro que la madre era postiza, utilizada sólo para cubrir las apariencias; pero
cuando era cosa de bregar con un asunto de verdad, entonces mademoiselle Blanche se


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