El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.78
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Ello suponía que estaba encastillada en esa idea, que no cambiaría de actitud, que se
había prometido a sí misma mantenerse en sus trece. ¡Era peligroso, peligroso!
Yo llevaba la cabeza llena de cavilaciones de esta índole cuando desde la habitación de
la abuela subía por la escalera principal a mi cuchitril, en el último piso. Todo ello me
preocupaba hondamente. Aunque ya antes había podido vislumbrar los hilos principales,
los más gruesos, que enlazaban a los actores, lo cierto era, sin embargo, que no conocía
todas las trazas y secretos del juego. Polina nunca se había sincerado plenamente
conmigo. Aunque era cierto que de cuando en cuando, como a regañadientes, me
descubría su corazón, yo había notado que con frecuencia, mejor dicho, casi siempre
después de tales confidencias, se burlaba de lo dicho, o lo tergiversaba y le daba de
propósito un tono de embuste. ¡Ah, ocultaba muchas cosas! En todo caso, yo presentía
que se acercaba el fin de esta situación misteriosa y tirante. Una conmoción más y todo
quedaría concluido y al descubierto. En cuanto a mí, implicado también en todo ello,
apenas me preocupaba de lo que podía pasar. Era raro mi estado de ánimo: en el bolsillo
tenía en total veinte federicos de oro; me hallaba en tierra extraña, lejos de la propia, sin
trabajo y sin medios de subsistencia, sin esperanza, sin posibilidades, y, sin embargo, no
me sentía inquieto. Si no hubiera sido por Polina, me hubiera entregado sin más al interés
cómico en el próximo desenlace y me hubiera reído a mandíbula batiente. Pero Polina me
inquietaba; presentía que su suerte iba a decidirse, pero confieso que no era su suerte lo
que me traía de cabeza. Yo quería penetrar en sus secretos. Yo deseaba que viniera a mí y
me dijera: «Te quiero»; pero si eso no podía ser, si era una locura inconcebible,
entonces... ¿qué cabía desear? ¿Acaso sabía yo mismo lo que quería? Me sentía
despistado; sólo ambicionaba estar junto a ella, en su aureola, en su nimbo, siempre, toda
la vida, eternamente. Fuera de eso no sabía nada. ¿Y acaso podía apartarme de ella?
En el tercer piso, en el corredor de ellos, sentí algo así como un empujón. Me volví y a
veinte pasos o más de mí vi a Polina que salía de su habitación.
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