El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.77
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aguas. Y a lo mejor se te olvida.
Me alejé de la abuela como si estuviera ebrio. Procuraba imaginarme lo que sería ahora
de nuestra gente y qué giro tomarían los acontecimientos. Veía claramente que ninguno
de ellos (y, en particular, el general) se había repuesto todavía de la primera impresión.
La aparición de la abuela en vez del telegrama esperado de un momento a otro
anunciando su muerte (y, por lo tanto, la herencia) quebrantó el esquema de sus designios
y acuerdos hasta el punto de que, con evidente atolondramiento y algo así como pasmo
que los contagió a todos, presenciaron las ulteriores hazañas de la abuela en la ruleta.
Mientras tanto, este segundo factor era casi tan importante como el primero, porque
aunque la abuela había repetido dos veces que no daría dinero al general, ¿quién podía
asegurar que así fuera? De todos modos no convenía perder aún la esperanza. No la había
perdido Des Grieux, comprometido en todos los asuntos del general. Yo estaba seguro de
que mademoiselle Blanche, que también andaba en ellos (¡cómo no! generala y con una
herencia considerable), tampoco perdería la esperanza y usaría con la abuela de todos los
hechizos de la coquetería, en contraste con las rígidas y desmañadas muestras de afecto
de la altanera Polina. Pero ahora, ahora que la abuela había realizado tales hazañas en la
ruleta, ahora que la personalidad de la abuela se dibujaba tan nítida y típicamente (una
vieja testaruda y mandona y tombée en enfance); ahora quizá todo estaba perdido, porque
estaba contenta, como un niño, de «haber dado el golpe» y, como sucede en tales casos,
acabaría por perder hasta las pestañas. Dios mío, pensaba yo (y, que Dios me perdone,
con hilaridad rencorosa), Dios mío, cada federico de oro que la abuela acababa de apostar
había sido de seguro una puñalada en el corazón del general, había hecho rabiar a Des
Grieux y puesto a mademoiselle de Cominges al borde del frenesí, porque para ella era
como quedarse con la miel en los labios. Un detalle más: a pesar de las ganancias y el
regocijo, cuando la abuela repartía dinero entre todos y tomaba a cada transeúnte por un
mendigo, seguía diciendo con desgaire al general: «¡A ti, sin embargo, no te doy nada!».
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