El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.75
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gusto.
-¡Ea, aquí tenéis cada uno de vosotros cinco monedas de oro!
Potapych y Marfa se precipitaron a besarle las manos.
-Y entregad a cada uno de los cargadores un federico de oro. Dáselos en oro, Aleksei
Ivanovich. ¿Por qué se inclina este lacayo? ¿Y este otro? ¿Me están felicitando? Dadles
también a cada uno un federico de oro.
-Madame la princesse... un pauvre expatrié.. malheur continuel.. les princes russes sont
si généreux -murmuraba lisonjero en torno a la silla un individuo bigotudo que vestía una
levita ajada y un chaleco de color chillón, y haciendo aspavientos con la gorra y con una
sonrisa servil en los labios.
-Dale también un federico de oro. No, dale dos; bueno, basta, con eso nos lo quitamos
de encima. ¡Levantadme y andando! Praskovya -dijo volviéndose a Polina
Aleksandrovna-, mañana te compro un vestido, y a ésa... ¿cómo se llama? ¿Mademoiselle
Blanche, no es eso?, le compro otro. Tradúcele eso, Praskovya.
-Merci, madame -dijo mlle. Blanche con una amable reverencia, torciendo la boca en
una sonrisa irónica que cambió con Des Grieux y el general. Éste estaba abochornado y
se puso muy contento cuando llegamos a la avenida.
-Fedosya..., lo que es Fedosya sé que va a quedar asombrada -dijo la abuela
acordándose de la niñera del general, conocida suya-. También a ella hay que regalarle un
vestido. ¡Eh, Aleksei Ivanovich, Aleksei Ivanovich, dale algo a ese mendigo!
Por el camino venía un pelagatos, encorvado de espalda, que nos miraba.
-¡Dale un gulden; dáselo!
Me llegué a él y se lo di. Él me miró con vivísima perplejidad, pero tomó el gulden en
silencio. Olía a vino.
-¿Y tú, Aleksei Ivanovich, no has probado fortuna todavía?
-No, abuela.
-Pues vi que te ardían los ojos.
-Más tarde probaré sin falta, abuela.
-Y vete derecho al zéro. ¡Ya verás! ¿Cuánto dinero tienes?
-En total, sólo veinte federicos de oro, abuela.
-No es mucho. Si quieres, te presto cincuenta federicos Tómalos de ese mismo rollo. ¡Y
tú, amigo, no esperes, que no te doy nada! -dijo dirigiéndose de pronto al general. Fue
para éste un rudo golpe, pero guardó silencio. Des Grieux frunció las cejas.
-Que diable, cest une terrible vieille! -dijo entre dientes al general.
-¡Un pobre, un pobre, otro pobre! -gritó la abuela-. Aleksei Ivanovich, dale un gulden a
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