El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.74
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si así cabe decirlo. Toda ella estaba concentrada en algo, absorta en algo:
-¡Aleksei Ivanovich! ¿Ha dicho ese hombre que sólo pueden apostarse cuatro mil
florines como máximo en una jugada? Bueno, entonces toma y pon estos cuatro mil al
rojo -ordenó la abuela.
Era inútil tratar de disuadirla. Giró la rueda.
-Rouge! -anunció el banquero.
Ganó otra vez, lo que en una apuesta de cuatro mil florines venían a ser, por lo tanto,
ocho mil.
-Dame cuatro -decretó la abuela- y pon de nuevo cuatro al rojo.
De nuevo aposté cuatro mil.
-Rouge! -volvió a proclamar el banquero.
-En total, doce mil. Dámelos. Mete el oro aquí en el bolso y guarda los billetes.
-Basta. A casa. Empujad la silla.
Capítulo 11
Empujaron la silla hasta la puerta que estaba al otro extremo de la sala. La abuela iba
radiante. Toda nuestra gente se congregó en torno suyo para felicitarla. Su triunfo había
eclipsado mucho de lo excéntrico de su conducta, y el general ya no temía que le
comprometieran en público sus relaciones de parentesco con la extraña señora. Felicitó a
la abuela con una sonrisa indulgente en la que había algo familiar y festivo, como cuando
se entretiene a un niño. Por otra parte, era evidente que, como todos los demás
espectadores, él también estaba pasmado. Alrededor, todos señalaban a la abuela y
hablaban de ella. Muchos pasaban junto a ella para verla más de cerca. Mister Astley,
desviado del grupo, daba explicaciones acerca de ella a dos ingleses conocidos suyos.
Algunas damas de alto copete que habían presenciado el juego la observaban con la
mayor perplejidad, como si fuera un bicho raro. Des Grieux se deshizo en sonrisas y
enhorabuenas.
-Quelle victoire! -exclamó.
-Mais, madame, c´était du feu! -añadió mlle. Blanche con sonrisa seductora.
-Pues sí, que me puse a ganar y he ganado doce mil florines. ¿Qué digo doce mil? ¿Y el
oro? Con el oro llega casi hasta trece mil. ¿Cuánto es esto en dinero nuestro? ¿Seis mil,
no es eso?
Yo indiqué que pasaba de siete y que al cambio actual quizá llegase a ocho.
-¡Como quien dice una broma! ¡Y vosotros aquí, pazguatos, sentados sin hacer nada!
Potapych, Marfa, ¿habéis visto?
-Señora, ¿pero cómo ha hecho eso? ¡Ocho mil rublos! -exclamó Marfa retorciéndose de
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