El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.73
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hago. -Su agitación llegaba hasta el frenesí.
-Abuela, según el reglamento no está permitido apostar al zéro más de doce federicos
de oro a la vez. Eso es lo que he puesto.
~¿Cómo que no está permitido? ¿No me engañas? ¡Musié musié! -dijo tocando con el
codo al crupier que estaba a su izquierda y que se disponía a hacer girar la ruleta-.
Combien zéro? douze ? douze?
Yo aclaré la pregunta en francés.
-Oui, madame -corroboró cortésmente el crupier puesto que según el reglamento
ninguna puesta sencilla puede pasar de cuatro mil florines -agregó para mayor aclaración.
-Bien, no hay nada que hacer. Pon doce.
-Le jeu estfait -gritó el crupier. Giró la ruleta y salió e treinta. Habíamos perdido.
-¡Otra vez, otra vez! ¡Pon otra vez! -gritó la abuela. Yo ya no la contradije y,
encogiéndome de hombros, puse otros doce federicos de oro. La rueda giró largo tiempo.
La abuela temblaba, así como suena, siguiendo sus vueltas. «¿Pero de veras cree que
ganará otra vez con el zéro? -pensaba yo mirándola perplejo. En su rostro brillaba la
inquebrantable convicción de que ganaría, la positiva anticipación de que al instante
gritarían: zéro!
-Zéro! -gritó el banquero.
-¡Ya ves! -exclamó la abuela con frenético júbilo, volviéndose a mí.
Yo también era jugador. Lo sentí en ese mismo instante. Me temblaban los brazos y las
piernas, me martilleaba la cabeza. Se trataba, ni que decir tiene, de un caso infrecuente:
en unas diez jugadas había salido el zéro tres veces; pero en ello tampoco había nada
asombroso. Yo mismo había sido testigo dos días antes de que habían salido tres zéros
seguidos, y uno de los jugadores, que asiduamente apuntaba las jugadas en un papel,
observó en voz alta que el día antes el zéro había salido sólo una vez en veinticuatro
horas.
A la abuela, como a cualquiera que ganaba una cantidad muy considerable, le
liquidaron sus ganancias atenta y respetuosamente. Le tocaba cobrar cuatrocientos veinte
federicos de oro, esto es, cuatro mil florines y veinte federicos de oro. Le entregaron los
veinte federicos en oro y los cuatro mil florines en billetes de banco.
Esta vez, sin embargo, la abuela ya no llamaba a Potapych; no era eso lo que ocupaba
su atención. Ni siquiera daba empujones ni temblaba visiblemente; temblaba por dentro,
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