El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.72
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Perdieron también el tercero. La abuela estaba fuera de sí, no
podía parar en la silla, y hasta golpeó la mesa con el puño cuando el banquero anunció
«trente-six» en lugar del ansiado zéro.
-¡Ahí lo tienes! -exclamó enfadada-, ¿pero no va a salir pronto ese maldito cerillo?
¡Que me muera si no me quedo aquí hasta que salga! La culpa la tiene ese condenado
crupier del pelo rizado. Con él no va a salir nunca. ¡Aleksei Ivanovich, pon dos federicos
a la vez! Porque si pones tan poco como estás poniendo y sale el zéro, no ganas nada.
-¡Abuela!
-Pon ese dinero, ponlo. No es tuyo.
Aposté dos federicos de oro. La bola volteó largo tiempo por la rueda y empezó por fin
a rebotar sobre los orificios. La abuela se quedó inmóvil, me apretó la mano y, de pronto,
¡pum!
-Zéro! -anunció el banquero.
~¿Ves, ves? -prorrumpió la abuela al momento, volviéndose hacia mí con cara
resplandeciente de satisfacción-. ¡Ya te lo dije, ya te lo dije! Ha sido Dios mismo el que
me ha inspirado para poner dos federicos de oro. Vamos a ver, ¿cuánto me darán ahora?
¿Pero por qué no me lo dan? Potapych, Marfa, ¿pero dónde están? ¿Adónde ha ido
nuestra gente? ¡Potapych, Potapych!
-Más tarde, abuela -le dije al oído-. Potapych está a la puerta porque no le permiten
entrar aquí. Mire, abuela, le entregan el dinero; cójalo. -Le alargaron un pesado paquete
envuelto en papel azul con cincuenta federicos de oro y le dieron unos veinte sueltos. Yo,
sirviéndome del rastrillo, los amontoné ante la abuela.
-Faites le jeu, messieurs! Faites lejeu, messieurs! Rien ne va plus? -anunció el
banquero invitando a hacer posturas y preparándose para hacer girar la ruleta.
-¡Dios mío, nos hemos retrasado! ¡Van a darle a la rueda! ¡Haz la puesta, hazla! -me
apremió la abuela-. ¡Hala, de prisa, no pierdas tiempo! -dijo fuera de sí, dándome fuertes
codeos.
-¿A qué lo pongo, abuela?
-¡Al zéro, al zéro! ¡Otra vez al zéro! ¡Pon lo más posible! ¿Cuánto tenemos en total?
¿Setenta federicos de oro? No hay por qué guardarlos; pon veinte de una vez.
-¡Pero serénese, abuela! A veces no sale en doscientas veces seguidas. Le aseguro que
todo el dinero se le irá en puestas.
-¡Tontería, tontería! ¡Haz la puesta! ¡Hay que ver cómo le das a la lengua! Sé lo que
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