El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.71
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Explícame ahora lo que significa cada giro y cómo hay que hacer la puesta.
Le expliqué a la abuela, dentro de lo posible, lo que significaban las numerosas
combinaciones de posturas, rouge e noir, pair et impair, manque et passe, y, por último,
los diferentes matices en el sistema de números. Ella escuchó con atención, fijó en la
mente lo que le dije, hizo nuevas preguntas y se lo aprendió todo. Para cada sistema de
posturas era posible mostrar al instante un ejemplo, de modo que podía aprender y
recordar con facilidad y rapidez. La abuela quedó muy satisfecha.
-¿Y qué es eso del zéro? ¿Has oído hace un momento a ese crupier del pelo rizado, el
principal, gritar zéro? ¿Y por qué recogió todo lo que había en la mesa? ¡Y qué montón
ha cogido! ¿Qué significa eso?
-El zéro, abuela, significa que ha ganado la banca. Si la bola cae en zéro, todo cuanto
hay en la mesa pertenece sin más a la banca. Es verdad que cabe apostar para no perder el
dinero, pero la banca no paga nada.
-¡Pues anda! ¿Y a mí no me darían nada?
-No, abuela, si antes de ello hubiera apostado usted al zéro y saliera el zéro, le pagarían
treinta y cinco veces la cantidad de la puesta.
-¡Cómo! ¿Treinta y cinco veces? ¿Y sale a menudo? ¿Cómo es que los muy tontos no
apuestan al zéro?
-Tienen treinta y seis posibilidades en contra, abuela.
-¡Qué tontería! ¡Potapych, Potapych! Espera, que yo también llevo dinero encima; aquí
está! -Sacó del bolso un portamonedas bien repleto y de él extrajo un federico de oro-.
¡Hala, pon eso en seguida al zéro!
-Abuela, el zéro acaba de salir -dije yo-, por lo tanto tardará mucho en volver a salir.
Perderá usted mucho dinero. Espere todavía un poco.
-¡Tontería! Ponlo.
-Está bien, pero quizás no salga hasta la noche; podría usted poner hasta mil y puede
que no saliera. No sería la primera vez.
-¡Tontería, tontería! Quien teme al lobo no se mete en el bosque. ¿Qué? ¿Has perdido?
Pon otro.
Perdieron el segundo federico de oro; pusieron un tercero. La abuela apenas podía
estarse quieta en su silla; con ojos ardientes seguía los saltos de la bolita por los orificios
de la rueda que giraba.
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