El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.68
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se las arreglaban de ese modo para hacerlas; de aquí que no pasaran diez minutos o
siquiera cinco sin que en algún extremo de la mesa surgiera alguna bronca sobre una
puesta de equívoco origen. Pero la policía del Casino se mostraba bastante eficaz.
Resultaba, por supuesto, imposible evitar las apreturas; por el contrario, la afluencia de
gente era, por lo ventajosa, motivo de satisfacción para los administradores; pero ocho
crupieres sentados alrededor de la mesa no quitaban el ojo de las puestas, llevaban las
cuentas, y cuando surgían disputas las resolvían. En casos extremos llamaban a la policía
y el asunto se concluía al momento. Los agentes andaban también desparramados por la
sala en traje de paisano, mezclados con los espectadores para no ser reconocidos.
Vigilaban en particular a los rateros y los caballeros de industria que abundan mucho en
las cercanías de la ruleta por las excelentes oportunidades que se les ofrecen de ejercitar
su oficio. Efectivamente, en cualquier otro sitio hay que desvalijar el bolsillo ajeno o
forzar cerraduras, lo que si fracasa puede resultar muy molesto. Aquí, por el contrario,
basta con acercarse a la mesa, ponerse a jugar, y de pronto, a la vista de todos y con
desparpajo, echar mano de la ganancia ajena y metérsela en el bolsillo propio. Si surge
una disputa el bribón jura y perjura a voz en cuello que la puesta es suya. Si la
manipulación se hace con destreza y los testigos parecen dudar, el ratero logra muy a
menudo apropiarse el dinero, por supuesto si la cantidad no es de mayor cuantía, porque
de lo contrario es probable que haya sido notada por los crupieres o, incluso antes, por
algún otro jugador. Pero si la cantidad no es grande el verdadero dueño a veces decide
sencillamente no continuar la disputa y, temeroso de un escándalo, se marcha. Pero si se
logra desenmascarar a un ladrón, se le saca de allí con escándalo.
Todo esto lo observaba la abuela desde lejos con apasionada curiosidad. Le agradó
mucho que se llevaran a unos ladronzuelos. El trente et quarante no la sedujo mucho; lo
que más la cautivó fue la ruleta y cómo rodaba la bolita. Expresó por fin el deseo de ver
el juego más de cerca.
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