El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.67
Indice General
|
Volver
Página 67 de 141
encanecer- en chapelete, vestido de algodón estampado y botas de piel de cabra que
crujían al andar. La abuela se volvía a ellos muy a menudo y les daba conversación. Des
Grieux y el general iban algo rezagados y hablaban de algo con mucha animación. El
general estaba muy alicaído; Des Grieux hablaba con aire enérgico. Quizá quería alentar
al general y al parecer le estaba aconsejando. La abuela, sin embargo, había pronunciado
poco antes la frase fatal: «lo que es dinero no te doy». Acaso esta noticia le parecía
inverosímil a Des Grieux, pero el general conocía a su tía. Yo noté que Des Grieux y
mademoiselle Blanche seguían haciéndose señas. Al príncipe y al viajero alemán los
columbré al extremo mismo de la avenida: se habían detenido y acabaron por separarse
de nosotros. Llegamos al Casino en triunfo. El conserje y los lacayos dieron prueba del
mismo respeto que la servidumbre del hotel. Miraban, sin embargo, con curiosidad. La
abuela ordenó, como primera providencia, que la llevaran por todas las salas, aprobando
algunas cosas, mostrando completa indiferencia ante otras, y preguntando sobre todas.
Llegaron por último a las salas de juego. El lacayo que estaba de centinela ante la puerta
cerrada la abrió de par en par presa de asombro.
La aparición de la abuela ante la mesa de ruleta produjo gran impresión en el público.
En torno a las mesas de ruleta y al otro extremo de la sala, donde se hallaba la mesa de
trente et quarante, se apiñaban quizá un centenar y medio o dos centenares de jugadores
en varias filas. Los que lograban llegar a la mesa misma solían agruparse apretadamente
y no cedían sus lugares mientras no perdían, ya que no se permitía a los mirones
permanecer allí ocupando inútilmente un puesto de juego. Aunque había sillas dispuestas
alrededor de la mesa, eran pocos los jugadores que se sentaban, sobre todo cuando había
gran afluencia de público, porque de pie les era posible estar más apretados, ahorrar sitio
y hacer las puestas con mayor comodidad. Las filas segunda y tercera se apretujaban
contra la primera, observando y aguardando su turno; pero en su impaciencia alargaban a
veces la mano por entre la primera fila para hacer sus puestas. Hasta los de la tercera fila
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
51
52
53
54
55
56
57
58
59
60
61
62
63
64
65
66
67
68
69
70
71
72
73
74
75
76
77
78
79
80
81
82
83
84
85
86
87
88
89
90
91
92
93
94
95
96
97
98
99
100
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-141
|