El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.65
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-¿Y por qué no habrá de serlo? Los hombres son todos unos gallos, por eso tienen que
pelearse. Ya veo que sois todos unos pazguatos. No sabéis defender a vuestra propia
patria. ¡Vamos, levantadme! Potapych, pon cuidado en que haya siempre dos cargadores
disponibles; ajústalos y llega a un acuerdo con ellos. No hacen falta más que dos; sólo
tienen que levantarme en las escaleras; en lo llano, en la calle, pueden empujarme; díselo
así. Y págales de antemano porque así estarán más atentos. Tú siempre estarás junto a mí,
y tú, Aleksei Ivanovich, señálame a ese barón en el paseo. A ver qué clase de von-barón
es; aunque sea sólo para echarle un vistazo. Y esa ruleta, ¿dónde está?
Le expliqué que las ruletas estaban instaladas en el Casino, en las salas de juego.
Menudearon las preguntas: ¿Había muchas? ¿Jugaba mucha gente? ¿Se jugaba todo el
día? ¿Cómo estaban dispuestas? Yo respondí al cabo que lo mejor sería que lo viera todo
con sus propios ojos, porque describirlo era demasiado difícil.
-Bueno, vamos derechos allá. ¡Tú ve delante, Aleksei Ivanovich!
-Pero ¿cómo, tía? ¿No va usted siquiera a descansar del viaje? -interrogó solícitamente
el general-. Parecía un tanto inquieto; en realidad todos ellos reflejaban cierta confusión y
empezaron a cambiar miradas entre sí. Seguramente les parecía algo delicado, acaso
humillante, ir con la abuela directamente al Casino, donde cabía esperar que cometiera
alguna excentricidad, pero esta vez en público; lo que no impidió que todos se ofrecieran
a acompañarla.
-¿Y qué falta me hace descansar? No estoy cansada; y además llevo sentada cinco días
seguidos. Luego iremos a ver qué manantiales y aguas medicinales hay por aquí Y dónde
están. Y después... ¿cómo decías que se llamaba eso, Praskovya ... ? ¿Cúspide, no?
-Cúspide, abuela.
-Cúspide; bueno, pues cúspide. ¿Y qué más hay por aquí?
-Hay muchas cosas que ver, abuela -dijo Polina esforzándose por decir algo.
-¡Vamos, que no lo sabes! Marfa, tú también irás conmigo -dijo a su doncella.
~¿Pero por qué ella, tía? -interrumpió afanosamente el general-. Y, de todos modos,
quizá sea imposible. Puede ser que ni a Potapych le dejen entrar en el Casino.
~¡Qué tontería! ¡Dejarla en casa porque es criada! Es un ser humano como otro
cualquiera. Hemos estado una semana viaja que te viaja, y ella también quiere ver algo.
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