El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.64
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Una vez
más asedió al jefe: ¿cuánto costaron las alfombras del dormitorio y dónde fueron tejidas?
El jefe prometió informarse.
-¡Vaya un asno! -musitó la abuela y dirigió su atención a la cama.
-¡Qué cielo de cama tan suntuoso! Separad las cortinas.
Abrieron la cama.
-¡Más, más! ¡Abridlo todo! ¡Quitad las almohadas, las fundas; levantad el edredón!
Dieron la vuelta a todo. La abuela lo examinó con cuidado.
-Menos mal que no hay chinches. ¡Fuera toda la ropa de cama! Poned la mía y mis
almohadas. ¡Todo esto es demasiado elegante! ¿De qué me sirve a mí, vieja que soy, un
alojamiento como éste? Me aburriré sola. Aleksei Ivanovich, ven a verme a menudo,
cuando hayas terminado de dar lección a los niños.
-Yo, desde ayer, ya no estoy al servicio del general -respondí-. Vivo en el hotel por mi
cuenta.
-Y eso ¿por qué?
-El otro día llegó de Berlín un conocido barón alemán con su baronesa. Ayer, en el
paseo, hablé con él en alemán sin ajustarme ala pronunciación berlinesa.
-Bueno, ¿y qué?
-Él lo consideró como una insolencia y se quejó al general; y el general me despidió
ayer.
-¿Es que tú le insultaste? ¿Al barón, quiero decir? Aunque si lo insultaste, no importa.
-Oh, no. Al contrario. Fue el barón el que me amenazó con su bastón.
-Y tú, baboso, ¿permitiste que se tratara así a tu tutor? -dijo, volviéndose de pronto al
general-; ¡y como si eso no bastara le has despedido! ¡Veo que todos sois unos pazguatos,
todos unos pazguatos!
-No te preocupes, tía -replicó el general con un dejo de altiva familiaridad-, que yo sé
atender a mis propios asuntos. Además, Aleksei Ivanovich no ha hecho una relación muy
fiel del caso.
-¿Y tú lo aguantaste sin más? -me preguntó a mí.
-Yo quería retar al barón a un duelo -respondí lo más modesta y sosegadamente
posible-, pero el general se opuso.
-¿Por qué te opusiste? -preguntó de nuevo la abuela al general-. Y tú, amigo, márchate
y ven cuando se te llame -ordenó dirigiéndose al jefe de comedor-. No tienes por qué
estar aquí con la boca abierta. No puedo aguantar esa jeta de Nuremberg. -El jefe se
inclinó y salió sin haber entendido las finezas de la abuela.
-Perdón, tía, ¿acaso es permisible el duelo? -inquirió el general con ironía.
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