El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.63
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magníficamente amuebladas, con baño, dependencias para la servidumbre, cuarto
particular para la camarera, etc., etc. Era verdad que estas habitaciones las había ocupado
la semana anterior una grande duchesse, hecho que, ni que decir tiene, se comunicaba a
los nuevos visitantes para ensalzar el alojamiento. Condujeron a la abuela,,mejor dicho, la
transportaron, por todas las habitaciones y ella las examinó detenida y rigurosamente. El
jefe de comedor, hombre ya entrado en años, medio calvo, la acompañó respetuosamente
en esta primera inspección.
Ignoro por quién tomaron a la abuela, pero, según parece, por persona sumamente
encopetada y, lo que es más importante, riquísima. La inscribieron en el registro, sin más,
como «madame la générale princesse de Tarassevitcheva», aunque jamás había sido
princesa. Su propia servidumbre, su vagón particular, la multitud innecesaria de baúles,
maletas, y aun arcas que llegaron con ella, todo ello sirvió de fundamento al prestigio; y
el sillón, el timbre agudo de la voz de la abuela, sus preguntas excéntricas, hechas con
gran desenvoltura y en tono que no admitía réplica, en suma, toda la figura de la abuela,
tiesa, brusca, autoritaria, le granjearon el respeto general. Durante la inspección la abuela
mandaba de cuando en cuando detener el sillón, señalaba algún objeto en el mobiliario y
dirigía insólitas preguntas al jefe de comedor, que sonreía atentamente pero que ya
empezaba a amilanarse. La abuela formulaba sus preguntas en francés, lengua que por
cierto hablaba bastante mal, por lo que yo, generalmente, tenía que traducir. Las
respuestas del jefe de comedor no le agradaban en su mayor parte y le parecían
inadecuadas; aunque bien es verdad que las preguntas de la señora no venían a cuento y
nadie sabía a santo de qué las hacía. Por ejemplo, se detuvo de improviso ante un cuadro,
copia bastante mediocre de un conocido original de tema mitológico:
-¿De quién es el retrato?
El jefe respondió que probablemente de alguna condesa.
-¿Cómo es que no lo sabes? ¿Vives aquí y no lo sabes? ¿Por qué está aquí? ¿Por qué es
bizca?
El jefe no pudo contestar satisfactoriamente a estas preguntas y hasta llegó a
atolondrarse.
-¡Vaya mentecato! -comentó la abuela en ruso.
Pasaron adelante. La misma historia se repitió ante una estatuilla sajona que la abuela
examinó detenidamente y que mandó luego retirar sin que se supiera el motivo.
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