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El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.62

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dedo.
Mister Astley quedó muy satisfecho de la invitación.
La abuela miró atenta y complacida a Polina de pies a cabeza.
-Yo te quería mucho, Praskovya -le dijo de pronto-. Eres una buena chica, la mejor de
todos, y con un genio que ¡vaya! Pero yo también tengo mi genio ¡Da la vuelta! ¿Es eso
que llevas en el pelo moño postizo?
-No, abuela, es mi propio pelo.
-Bien, no me gustan las modas absurdas de ahora. Eres muy guapa. Si fuera un señorito
me enamoraría de ti. ¿Por qué no te casas? Pero ya es hora de que me vaya. Me apetece
dar un paseo después de tanto vagón... ¿Bueno, qué? ¿Sigues todavía enfadado?
-preguntó mirando al general.
-¡Por favor, tía, no diga tal! -exclamó el general rebosante de contento-. Comprendo
que a sus años...
-Cette vieílle est tombée en enfance -me dijo en voz baja Des Grieux.
-Quiero ver todo lo que hay por aquí. ¿Me prestas a Aleksei Ivanovich? -inquirió la
abuela del general.
-Ah, como quiera, pero yo mismo... y Polina y monsieur Des Grieux... para todos
nosotros será un placer acompañarla...
-Mais, madame, cela sera un plaisir -insinuó Des Grieux con sonrisa cautivante.
-Sí, sí, plaisir. Me haces reír, amigo. Pero lo que es dinero no te doy -añadió
dirigiéndose inopinadamente al general-. Ahora, a mis habitaciones. Es preciso echarles
un vistazo y después salir a ver todos esos sitios. ¡Hala, levantadme!
Levantaron de nuevo a la abuela, y todos, en grupo, fueron siguiendo el sillón por la
escalera abajo. El general iba aturdido, como si le hubieran dado un garrotazo en la
cabeza. Des Grieux iba cavilando alguna cosa. Mademoiselle Blanche hubiera preferido
quedarse, pero por algún motivo decidió irse con los demás. Tras ella salió en seguida el
príncipe, y arriba, en las habitaciones del general, quedaron sólo el alemán y madame
veuve Cominges.


Capitulo 10

En los balnearios -y al parecer en toda Europa- los gerentes y jefes de comedor de los
hoteles se guían, al dar acomodo al huésped, no tanto por los requerimientos y
preferencias de éste cuanto por la propia opinión personal que de él se forjan; y conviene
subrayar que raras veces se equivocan. Ahora bien, no se sabe por qué, a la abuela le
señalaron un alojamiento tan espléndido que se pasaron de rosca; cuatro habitaciones


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