El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.58
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quizá con estudiado esfuerzo, tenía un aire de cordial familiaridad. A la vista de la abuela
el general perdió el habla y se quedó en mitad de una frase con la boca abierta. Fijó en
ella los ojos desencajados, como hipnotizado por la mirada de un basilisco. La abuela
también le observó en silencio, inmóvil, ¡pero con qué mirada triunfal, provocativa y
burlona! Así estuvieron mirándose diez segundos largos, ante el profundo silencio de
todos los circunstantes. Des Grieux quedó al principio estupefacto, pero en su rostro
empezó pronto a dibujarse una inquietud inusitada. Mlle. Blanche, con las cejas
enarcadas y la boca abierta, observaba atolondrada a la abuela. El príncipe y el erudito,
ambos presa de honda confusión, contemplaban la escena. El rostro de Polina reflejaba
extraordinaria sorpresa y perplejidad, pero de súbito se quedó más blanco que la cera; un
momento después la sangre volvió de golpe y coloreó las mejillas. ¡Sí, era una catástrofe
para todos! Yo no hacía más que pasear los ojos desde la abuela hasta los concurrentes y
viceversa. mister Astley, según su costumbre, se mantenía aparte, tranquilo y digno.
~¡Bueno, aquí estoy! ¡En lugar de un telegrama! -exclamó por fin la abuela rompiendo
el silencio-. ¿Qué, no me esperabais?
-Antonida Vasilyevna... tía... ¿pero cómo ... ? -balbuceó el infeliz general. Si la abuela
no le hubiera hablado, en unos segundos más le habría dado quizá una apoplejía.
-¿Cómo que cómo? Me metí en el tren y vine. ¿Para qué sirve el ferrocarril? ¿Y
vosotros pensabais que ya había estirado la pata y que os había dejado una fortuna? Ya sé
que mandabas telegramas desde aquí; tu buen dinero te habrán costado, porque desde
aquí no son baratos. Me eché las piernas al hombro y aquí estoy. ¿Es éste el francés?
¿Monsieur Des Grieux, por lo visto?
-Oui, madame -confirmô Des Grieux- et croyez je suis si enchanté.. votre santé.. c´est
un miracle... vous voir ici, une surprise charmante...
-Sí, sí, charmante. Ya te conozco, farsante, ¡No me fío de ti ni tanto así! -y le enseñaba
el dedo meñique-. Y ésta, ¿quién es? -dijo volviéndose y señalando a mile. Blanche. La
llamativa francesa, en traje de amazona y con el látigo en la mano, evidentemente la
impresionó-. ¿Es de aquí?
-Es mademoiselle Blanche de Cominges y ésta es su madre, madame de Cominges.
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