El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.55
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de baúles y maletas, sentada como reina en su trono estaba... la abuela. Sí, ella misma,
formidable y rica, con sus setenta y cinco años a cuestas: Antonida Vasilyevna
Tarasevicheva, terrateniente y aristocrática moscovita, la baboulinka, acerca de la cual se
expedían y recibían telegramas, moribunda pero no muerta, quien de repente aparecía en
persona entre nosotros como llovida del cielo. La traían, por fallo de las piernas, en un
sillón, como siempre en estos últimos años, pero, también como siempre, marrullera,
briosa, pagada de sí misma, muy tiesa en su asiento, vociferante, autoritaria y con todos
regañona; en fin, exactamente como yo había tenido el honor de verla dos veces desde
que entré como tutor en casa del general. Como es de suponer, me quedé ante ella
paralizado de asombro. Me había visto a cien pasos de distancia cuando la llevaban en el
sillón, me había reconocido con sus ojos de lince y llamado por mi nombre y
patronímico, detalle que, también según costumbre suya, recordaba de una vez para
siempre. «¡Y a ésta –pensé- esperaban verla en un ataúd, enterrada y dejando tras sí una
herencia! ¡Pero si es ella la que nos enterrará a todos y a todo el hotel! Pero, santo Dios,
¿qué será de nuestra gente ahora? ¿qué será ahora del general? ¡Va a poner el hotel patas
arriba! »
-Bueno, amigo, ¿por qué estás plantado ahí con esos ojos saltones? -continuó
gritándome la abuela-. ¿Es que no sabes dar la bienvenida? ¿No sabes saludar? ¿O es que
el orgullo te lo impide? ¿Quizá no me has reconocido? ¿Oyes, Potapych? -dijo
volviéndose a un viejo canoso, de calva sonrosada, vestido de frac y corbata blanca, su
mayordomo, que la acompañaba cuando iba de viaje-; ¿oyes? ¡No me reconoce! Me han
enterrado. Han estado mandando un telegrama tras otro: ¿ha muerto o no ha muerto?
¡Pero si lo sé todo! ¡Y yo, como ves, vivita y coleando!
-Por Dios, Antonida Vasilyevna, ¿por qué había yo de desearle nada malo? -respondí
alegremente cuando volví en mi acuerdo-. Era sólo la sorpresa... ¿y cómo no maravillarse
cuando tan inesperadamente ... ?
-¿Y qué hay de maravilla en ello? Me metí en el tren y vine. En el vagón va una muy
cómoda, sin traqueteo ninguno.
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