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El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.54

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diciendo que se ha muerto.
-¡Ah, sí, claro! Todos los intereses convergen en ella. Todo depende de la herencia. Se
anuncia la herencia y el general se casa; miss Polina queda libre, y Des Grieux..
-Y Des Grieux, ¿qué?
-Y a Des Grieux se le pagará su dinero; no es otra cosa lo que espera aquí.
-¿Sólo eso? ¿Cree usted que espera sólo eso?
-No tengo la menor idea. -Míster Astley guardó obstinado silencio.
-Pues yo sí, yo sí -repetí con ira-. Espera también la herencia porque Polina recibirá una
dote y, en cuanto tenga el dinero, le echará los brazos al cuello. ¡Así son todas las
mujeres! Aun las más orgullosas acaban por ser las esclavas más indignas. Polina sólo es
capaz de amar con pasión y nada más. ¡Ahí tiene usted mi opinión de ella! Mírela usted,
sobre todo cuando está sentada sola, pensativa... ¡es como si estuviera predestinada,
sentenciada, maldita! Es capaz de echarse encima todos los horrores de la vida y la pasión
.... es... es... ¿pero quién me llama? -exclamé de repente-. ¿Quién grita? He oído gritar en
ruso «¡Aleksei Ivanovich!». Una voz de mujer. ¡Oiga, oiga!
Para entonces habíamos llegado ya a nuestro hotel. Hacía rato que, sin notarlo apenas,
habíamos salido del café.
-He oído gritos de mujer, pero no sé a quién llamaban. Y en ruso. Ahora veo de dónde
vienen -señaló míster Astley-. Es aquella mujer la que grita, la que está sentada en aquel
sillón que los lacayos acaban de subir por la escalinata. Tras ella están subiendo maletas,
lo que quiere decir que acaba de llegar el tren.
-¿Pero por qué me llama a mí? Ya está otra vez voceando. Mire, nos está haciendo
señas.
-¡Aleksei Ivanovich! ¡Aleksei Ivanovich! ¡Ay, Dios, se habrá visto mastuerzo!
-llegaban gritos de desesperación desde la escalinata del hotel.
Fuimos casi corriendo al pórtico. Y cuando llegué al descansillo se me cayeron los brazos
de estupor y las piernas se me volvieron de piedra.

Capítulo 9

En el descansillo superior de la ancha escalinata del hotel, transportada peldaños arriba
en un sillón, rodeada de criados, doncellas y el numeroso y servil personal del hotel, en
presencia del Oberkellner, que había salido al encuentro de una destacada visitante que
llegaba con tanta bulla y alharaca, acompañada de su propia servidumbre y de un sinfín


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