El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.51
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Hace dos años, sin
embargo, a resultas de una queja de esta misma baronesa, fue invitada por la policía local
a abandonar la ciudad y así lo hizo.
-¿Cómo fue eso?
-Se presentó aquí primero con un italiano, un príncipe o algo así, que tenía un nombre
histórico, Barberini o algo por el estilo. Iba cubierto de sortijas y brillantes, y por cierto
de buena ley. Iban y venían en un espléndido carruaje. Mademoiselle Blanche jugaba con
éxito a trente et quarante, pero después su suerte cambió radicalmente, si mal no
recuerdo. Me acuerdo de que una noche perdió una cantidad muy elevada. Pero lo peor
de todo fue que un beau matin su príncipe desapareció sin dejar rastro. Desaparecieron
los caballos y el carruaje, desapareció todo. En el hotel debían una suma enorme.
Mademoiselle Zelma (en lugar de Barberini empezó a llamarse de pronto mademoiselle
Zelma) daba muestras de la más profunda desesperación. Chillaba y gemía por todo el
hotel, y de rabia hizo jirones su vestido. Había entonces en el hotel un conde polaco
(todos los viajeros polacos son condes), y mademoiselle Blanche, con aquello de rasgar
su vestido y arañarse el rostro como una gata con sus manos bellas y perfumadas, produjo
en él alguna impresión. Conversaron, y a la hora de la comida ella había recobrado la
calma. A la noche se presentaron del brazo en el casino. Mademoiselle Zelma, según su
costumbre, reía con estrépito y en sus ademanes se notaba mayor desenvoltura que antes.
Entró sin más en esa clase de señoras que, al acercarse a la mesa de la ruleta, dan fuertes
codazos a los jugadores para procurarse un sitio. Aquí, entre tales damas, se considera
eso como especialmente chic. Usted lo habrá notado, sin duda.
-Sí.
-No vale la pena notarlo. Por desgracia para las personas decentes, estas damas no
desaparecen, por lo menos las que todos los días cambian a la mesa billetes de mil
francos. Pero cuando dejan de cambiar billetes se les pide al momento que se vayan.
Mademoiselle Zelma seguía cambiando billetes; pero la fortuna le fue aún más adversa.
Observe que muy a menudo estas señoras juegan con éxito; saben dominarse de manera
asombrosa. Pero mi historia toca a su fin. Llegó un momento en que, al igual que el
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