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El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.46

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Dicho esto, sacó del bolsillo un papelito doblado y sellado con lacre y me lo alargó. Del
puño de Polina, decía así:

«Me parece que se propone usted continuar este asunto. Está usted enfadado y empieza
a hacer travesuras. Hay, sin embargo, circunstancias especiales que quizá le explique más
tarde. Por favor, desista y deje el camino franco. ¡Cuántas bobadas hay en esto! Le
necesito y usted prometió obedecerme. Recuerde Schlangenberg. Le pido que sea
obediente y, si es preciso, se lo mando.

Su P.

P S. Si está enojado conmigo por lo de ayer, perdóneme. »

Cuando leí estos renglones me pareció que se me iba la cabeza. Mis labios perdieron su
color y empecé a temblar. El maldito francés me miraba con aire de intensa
circunspección y apartaba de mí los ojos como para no ver mi zozobra. Mejor hubiera
sido que se hubiera reído de mí abiertamente.
-Bien -respondí-, diga a mademoiselle que no se preocupe. Permítame, no obstante,
hacerle una pregunta -añadí con aspereza-, ¿por qué ha tardado tanto en darme esta nota?
En lugar de decir tantas nimiedades, creo que debiera usted haber comenzado con esto...
si, en efecto, vino con este encargo.
-Ah, yo quería... todo esto es tan insólito que usted perdonará mi natural impaciencia...
Yo quería enterarme por mi cuenta, personalmente, de cuáles eran las intenciones de
usted. Pero como no conozco el contenido de esa nota, pensé que no corría prisa en
dársela.
-Comprendo. A usted sencillamente le mandaron que la entregara sólo como último
recurso, y que no la entregara si lograba su propósito de palabra. ¿No es así? ¡Hable con
franqueza, monsieur Des Grieux!
-Peut-étre -dijo, tomando un aire muy comedido y dirigiéndome una mirada algo
peculiar.
Cogí el sombrero; él hizo una inclinación de cabeza y salió. Tuve la impresión de que
llevaba una sonrisa burlona en los labios. ¿Acaso cabía esperar otra cosa?
-Tú y yo, franchute, tenemos todavía cuentas que arreglar. Mediremos fuerzas
-murmuré bajando la escalera. Aún no sabía qué era aquello que había causado tal mareo.
El aire me refrescó un poco.
Un par de minutos después, cuando apenas había empezado a discurrir con claridad,
surgieron luminosos en mi mente dos pensamientos: primero, que de unas naderías, de


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