El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.39
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qué se arrogó el derecho de contestar por mí al barón.
El general quedó tan estupefacto que puso los brazos en cruz, se volvió de repente al
francés y apresuradamente le hizo saber que yo casi le había retado a un duelo. El francés
lanzó una estrepitosa carcajada.
-Al barón, sin embargo, no pienso soltarle así como así -proseguí con toda sangre fría,
sin hacer el menor caso de la risa de M. Des Grieux-; y ya que usted, general, al acceder
hoy a escuchar las quejas del barón y tomar su partido, se ha convertido, por así decirlo,
en partícipe de este asunto, tengo el honor de informarle que mañana por la mañana a lo
más tardar exigiré del barón, en mi propio nombre, una explicación en debida forma de
por qué, siendo yo la persona con quien tenía que tratar, me pasó por alto para tratar con
otra -como si yo no fuera digno o no pudiera responder por mí mismo.
Sucedió lo que había previsto. El general, al oír esta nueva majadería, se acobardó
horriblemente.
-¿Cómo? ¿Es posible que se empeñe todavía en prolongar este condenado asunto? –
exclamó-. ¡Ay, Dios mío! ¿Pero qué hace usted conmigo? ¡No se atreva usted, no se
atreva, señor mío, o le juro que... También aquí hay autoridades y yo... yo... por mi
posición social... y el barón también .... en una palabra, que lo detendrán a usted y que la
policía le expulsará de aquí para que no alborote. ¡Téngalo presente! -Y si bien hablaba
con voz entrecortada por la ira, estaba terriblemente acobardado.
-General -respondí con calma que le resultaba intolerable-, no es posible detener a
nadie por alboroto hasta que el alboroto mismo se produzca. Todavía no he iniciado mis
explicaciones con el barón y usted no sabe en absoluto de qué manera y sobre qué
supuestos pienso proceder en este asunto. Sólo deseo esclarecer la suposición, que estimo
injuriosa para mí, de que me encuentro bajo la tutela de una persona que tiene dominio
sobre mi libertad de acción. No tiene usted, pues, por qué preocuparse o alarmarse.
-¡Por Dios santo, por Dios santo, Aleksei Ivanovich, abandone ese propósito insensato!
-murmuró el general, cambiando súbitamente su tono airado en otro de súplica, e incluso
cogiéndome de las manos-.
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