El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.36
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se levantaba y se encaminaba con los niños al hotel.
La alcancé en la escalinata.
-He llevado a cabo ... la payasada -dije cuando estuve a su lado.
-Bueno, ¿y qué? Ahora arrégleselas como pueda -respondió sin mirarme y se dirigió a
la escalera.
Toda esa tarde estuve paseando por el parque. Atravesándolo y atravesando después un
bosque, llegué a un principado vecino. En una cabaña tomé unos huevos revueltos y vino.
Por este idilio me cobraron nada menos que un tálero y medio.
Eran ya las once cuando regresé a casa. En seguida vinieron a buscarme porque me
llamaba el general.
Nuestra gente ocupa en el hotel dos apartamentos con un total de cuatro habitaciones.
La primera es grande, un salón con piano. Junto a ella hay otra, amplia, que es el gabinete
del general, y en el centro de ella me estaba esperando éste de pie, en actitud majestuosa.
Des Grieux estaba arrebañado en un diván.
-Permítame preguntarle, señor mío, qué ha hecho usted -dijo para empezar el general,
volviéndose hacia mí.
-Desearía, general, que me dijera sin rodeos lo que tiene que decirme. ¿Usted
probablemente quiere aludir a mi encuentro de hoy con cierto alemán?
-¿Con cierto alemán? Ese alemán es el barón Burmerhelm, un personaje importante,
señor mío. Usted se ha portado groseramente con él y con la baronesa.
-No, señor, nada de eso.
-Los ha asustado usted.
-Repito que no, señor. Cuando estuve en Berlín me chocó oír constantemente tras cada
palabra la expresión ja wohl! que allí pronuncian arrastrándola de una manera
desagradable. Cuando tropecé con ellos en la avenida me acordé de pronto, no sé por qué,
de ese ja wohl! y el recuerdo me irritó... Sin contar que la baronesa, tres veces ya, al
encontrarse conmigo, tiene la costumbre de venir directamente hacia mí, como si yo fuera
un gusano que se puede aplastar con el pie. Convenga en que yo también puedo tener
amor propio. Me quité el sombrero y cortésmente (le aseguro que cortésmente) le dije:
Madame, j´ai l´honneur d´être votre esclave. Cuando el barón se volvió y gritó hein!, de
repente me dieron ganas de gritar ja wohl. Lo grité dos veces: la primera, de manera
corriente, y la segunda, arrastrando la frase lo más posible. Eso es todo.
Confieso que quedé muy contento de esta explicación propia de un mozalbete.
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