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El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.35

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Las piernas casi le empezaban en el pecho mismo, señal de casta.
Ufano como pavo real. Un tanto desmañado. Había algo de carnero en la expresión de su
rostro que alguien podría tomar por sabiduría.
Todo esto cruzó ante mis ojos en tres segundos.
Mi inclinación de cabeza y mi sombrero en la mano atrajeron poco a poco la atención
de la pareja. El barón contrajo ligeramente las cejas. La baronesa navegaba derecha hacia
mí.
-Madame la baronne -articulé claramente en voz alta, acentuando cada palabra-, j´ai
I´honneur d´étre votre esclave.
Me incliné, me puse el sombrero y pasé junto al barón, volviendo mi rostro hacia él y
sonriendo cortésmente.
Polina me había ordenado que me quitara el sombrero, pero la inclinación de cabeza y
el resto de la faena eran de mi propia cosecha. El diablo sabe lo que me impulsó a
hacerlo. Fue sencillamente un patinazo.
-Hein! -gritó o, mejor dicho, graznó el barón, volviéndose hacia mí con mortificado
asombro.
Yo también me volví y me detuve en respetuosa espera, sin dejar de mirarle y sonreír.
Él, por lo visto, estaba perplejo y alzó desmesuradamente las cejas. Su rostro se iba
entenebreciendo. La baronesa se volvió también hacia mí y me miró asimismo con
irritada sorpresa. Algunos de los transeúntes se pusieron a observarnos. Otros hasta se
detuvieron.
-Heín! -graznó de nuevo el barón, con redoblado graznido y redoblada furia.
-Ja wohl -dije yo arrastrando las sílabas sin apartar mis ojos de los suyos.
-Sind Sie rasend? -gritó enarbolando el bastón y empezando por lo visto a acobardarse.
Quizá le desconcertaba mi atavío. Yo estaba vestido muy pulcramente, hasta con
atildamiento, como hombre de la mejor sociedad.
-Ja wo-o-ohl! -exclamé de pronto a voz en cuello, arrastrando la o a la manera de los
berlineses, quienes a cada instante introducen en la conversación las palabras ja wohl,
alargando más o menos la o para expresar diversos matices de pensamiento y emoción.
El barón y la baronesa, atemorizados, giraron sobre sus talones rápidamente y casi
salieron huyendo. De los circunstantes, algunos hacían comentarios y otros me miraban
estupefactos. Pero no lo recuerdo bien.
Yo di la vuelta y a mi paso acostumbrado me dirigí a Polina Aleksandrovna; pero aún
no había cubierto cien pasos de la distancia que me separaba de su banco cuando vi que


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