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El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.32

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-Si yo le dijera: «mate a esa persona», ¿la mataría usted?
-¿A quién?
-A quien yo quisiera.
-¿Al francés?
-No pregunte. Conteste. A quien yo le indicara. Quiero saber si hablaba usted en serio
hace un momento. -Aguardaba la contestación con tal seriedad e impaciencia que todo
ello me pareció un tanto extraño.
-¡Pero acabemos, dígame qué es lo que pasa aquí! -exclamé-. ¿Es que me teme usted?
Veo bien la confusión que reina aquí. Usted es hijastra de un hombre loco y arruinado, a
quien ha envenenado la pasión por ese diablo de mujer, Blanche. Luego está ese francés
con su misteriosa influencia sobre usted y he aquí que ahora me hace usted seriamente
una pregunta... insólita. Por lo menos tengo que saber qué hay; de lo contrario me haré un
lío y meteré la pata. ¿O es que le da a usted vergüenza de honrarme con su franqueza?
¿Pero es posible que tenga usted vergüenza de mí?
-No le hablo a usted en absoluto de eso. Le he hecho una pregunta y espero
contestación.
-Claro que mataría a quien me mandara usted -exclamé-, pero ¿es posible que... es
posible que usted mande tal cosa?
-¿Qué se cree? ¿Que le tendré lástima? Se lo mandaré y escurriré el bulto. ¿Aguantará
eso? ¡Claro que no podrá aguantarlo! Puede que matara usted cumpliendo la orden, pero
vendría a matarme a mí por haberme atrevido a dársela.
Tales palabras me dejaron casi atontado. Por supuesto, yo pensaba que me hacía la
pregunta medio en broma, para provocarme, pero había hablado con demasiada seriedad.
De todos modos, me asombró que se expresara así, que tuviera tales derechos sobre mi
persona, que consintiera en ejercer tal ascendiente sobre mí y que dijera tan sin rodeos:
«Ve a tu perdición, que yo me echaré a un lado». En esas palabras había tal cinismo y
desenfado que la cosa pasaba de castaño oscuro. Porque, vamos a ver, ¿qué opinión tenía
de mí? Esto rebasaba los límites de la esclavitud y la humillación. Opinar así de un
hombre es ponerlo al nivel de quien opina. Y a pesar de lo absurdo e inverosímil de
nuestra conversación, el corazón me temblaba.
De pronto soltó una carcajada. Estábamos sentados en el banco, junto a los niños, que


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