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El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.19

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otra parte es suspicaz y astuta. Se me antoja que en su vida no han faltado las aventuras.
Para decirlo todo, puede ser que el marqués no sea pariente suyo y que la madre no tenga
de tal más que el nombre. Pero hay prueba de que en Berlín, adonde fuimos con ellos,
ella y su madre tenían amistades bastante decorosas. En cuanto al marqués, aunque sigo
dudando de que sea marqués, es evidente que pertenece a la buena sociedad, según ésta
se entiende, por ejemplo, en Moscú o en cualquier parte de Alemania. No sé qué será en
Francia; se dice que tiene un cháteau. He pensado que en estos quince días han pasado
muchas cosas y, sin embargo, todavía no sé a ciencia cierta si entre mademoiselle
Blanche y el general se ha dicho algo decisivo. En resumen, todo depende ahora de
nuestra situación económica, es decir, de si el general puede mostrarles dinero bastante.
Si, por ejemplo, llegara la noticia de que la abuela no ha muerto, estoy seguro de que
mademoiselle Blanche desaparecería al instante. A mí mismo me sorprende y divierte lo
chismorrero que he llegado a ser. ¡Oh, cómo me repugna todo esto! ¡Con qué placer
mandaría a paseo a todos y todo! ¿Pero es que puedo apartarme de Polina? ¿Es que puedo
renunciar a huronear en torno a ella? El espionaje es sin duda una bajeza, pero ¿a mí qué
me importa?
Interesante también me ha parecido mister Astley ayer y hoy. Sí, tengo la seguridad de
que está enamorado de Polina. Es curioso y divertido lo que puede expresar a veces la
mirada tímida y mórbidamente casta de un hombre enamorado, sobre todo cuando ese
hombre preferiría que se lo tragara la tierra a decir o sugerir nada con la lengua o los ojos.
Mister Astley se encuentra con nosotros a menudo en los paseos. Se quita el sombrero y
pasa de largo, devorado sin duda por el deseo de unirse a nuestro grupo. Si le invitan,
rehúsa al instante. En los lugares de descanso, en el Casino, junto al quiosco de la música
o junto a la fuente, se instala siempre no lejos de nuestro asiento; y dondequiera que
estemos -en el parque, en el bosque, o en lo alto del Schlangenberg- basta levantar los


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