El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.16
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poco tus sentimientos que me es absolutamente indiferente que me hables de ellos, sean
los que sean». De sus propios asuntos me hablaba mucho ya antes, pero nunca con entera
franqueza. Además, en sus desdenes para conmigo hay cierto refinamiento: sabe, por
ejemplo, que conozco alguna circunstancia de su vida o alguna cosa que la trae muy
inquieta; incluso ella misma me contará algo de sus asuntos si necesita servirse de mí
para algún fin particular, ni más ni menos que si fuese su esclavo o recadero; pero me
contará sólo aquello que necesita saber un hombre que va a servir de recadero) y aunque
la pauta entera de los acontecimientos me sigue siendo desconocida, aunque Polina
misma ve que sufro y me inquieto por -causa de sus propios sufrimientos e inquietudes,
jamás se dignará tranquilizarme por completo con una franqueza amistosa, y eso que,
confiándome a menudo encargos no sólo engorrosos, sino hasta arriesgados, debería, en
mi opinión, ser franca conmigo. Pero ¿por qué habría de ocuparse de mis sentimientos, de
que también yo estoy inquieto y de que quizá sus inquietudes y desgracias me preocupan
y torturan tres veces más que a ella misma?
Desde hacía unas tres semanas conocía yo su intención de jugar a la ruleta. Hasta me
había anunciado que tendría que jugar por cuenta suya, porque sería indecoroso que ella
misma jugara. Por el tono de sus palabras saqué pronto la conclusión de que obraba a
impulsos de una grave preocupación y no simplemente por el deseo de lucro. ¿Qué
significaba para ella el dinero en sí mismo? Ahí había un propósito, alguna circunstancia
que yo quizá pudiera adivinar, pero que hasta este momento ignoro. Claro que la
humillación y esclavitud en que me tiene podrían darme (a menudo me dan) la
posibilidad de hacerle preguntas duras y groseras. Dado que no soy para ella sino un
esclavo, un ser demasiado insignificante, no tiene motivo para ofenderse de mi ruda
curiosidad. Pero es el caso que, aunque ella me permite hacerle preguntas, no las
contesta. Hay veces que ni siquiera se da cuenta de ellas. ¡Así están las cosas entre
nosotros!
Ayer se habló mucho del telegrama que se mandó hace cuatro días a Petersburgo y que
no ha tenido contestación.
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