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El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.14

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Sólo adiviné y distinguí no sé
cómo que las puestas eran al número, a pares y nones y al color. Del dinero de Polina
Aleksandrovna decidí arriesgar esa noche cien gulden. La idea de entrar a jugar y no por
propia incumbencia me tenía un poco fuera de quicio. Era una sensación sumamente
desagradable y quería sacudírmela de encima cuanto antes. Se me antojaba que
empezando con Polina daba al traste con mi propia suerte. ¿No es verdad que es
imposible acercarse a una mesa de juego sin sentirse en seguida contagiado por la
superstición? Empecé sacando cinco federicos de oro, esto es, cincuenta gulden, y
poniéndolos a los pares. Giró la rueda, salió el quince y perdí. Con una sensación de
ahogo, sólo para liberarme de algún modo y marcharme, puse otros cinco federicos al
rojo. Salió el rojo. Puse los diez federicos, salió otra vez el rojo. Lo puse todo al rojo, y
volvió a salir el rojo. Cuando recibí cuarenta federicos puse veinte en los doce números
medios sin tener idea de lo que podría resultar. Me pagaron el triple. Así, pues, mis diez
federicos de oro se habían trocado de pronto en ochenta. La extraña e insólita sensación
que ello me produjo se me hizo tan insoportable que decidí irme. Me parecía que de
ningún modo jugaría así si estuviera jugando por mi propia cuenta. Sin embargo, puse los
ochenta federicos una vez más a los pares. Esta vez salió el cuatro; me entregaron otros
ochenta federicos, y cogiendo el montón de ciento sesenta federicos de oro salí a buscar a
Polina Aleksandrovna.
Todos se habían ido de paseo al parque y no conseguí verla hasta después de la cena.
En esta ocasión no estaba presente el francés, y el general se despachó a sus anchas: entre
otras cosas juzgó necesario advertirme una vez más que no le agradaría verme junto a una
mesa de juego. Pensaba que le pondría en un gran compromiso si perdía demasiado;
«pero aunque ganara usted mucho, quedaría yo también en un compromiso -añadió con
intención-. Por supuesto que no tengo derecho a dirigir sus actos, pero usted mismo estará
de acuerdo en que ... ». Ahí se quedó, como era costumbre suya, sin acabar la frase.


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