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El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.12

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puede mostrar interés en la ganancia misma. Si gana, puede, por ejemplo, soltar una
carcajada, hacer un comentario a cualquiera de los concurrentes, incluso apuntar de
nuevo o doblar su puesta, pero sólo por curiosidad, para estudiar y calcular las
probabilidades, pero no por el deseo plebeyo de ganar. En suma, que no debe ver en todas
estas mesas de juego, ruletas y trente et quarante, sino un entretenimiento organizado
exclusivamente para su satisfacción. Los vaivenes de la suerte, en que se apoya y se
justifica la banca, no debe siquiera sospecharlos. No estaría mal que se figurara, por
ejemplo, que todos los demás jugadores, toda esa chusma que tiembla ante un guiden, son
en realidad tan ricos y caballerosos como él y que juegan sólo para divertirse y pasar el
tiempo. Este desconocimiento completo de la realidad, esta ingenua visión de lo que es la
gente, son, por supuesto, típicos de la más refinada aristocracia. Vi que muchas mamás
empujaban adelante a sus hijas, jovencitas inocentes y elegantes de quince o dieciséis
años, y les daban unas monedas de oro para enseñarlas a jugar. La señorita ganaba o
perdía sonriendo y se marchaba tan satisfecha. Nuestro general se acercó a la mesa con
aire grave e imponente. Un lacayo corrió a ofrecerle una silla, pero él ni siquiera le vio.
Con mucha lentitud sacó el portamonedas; de él, con mucha lentitud, extrajo trescientos
francos en oro, los apuntó al negro y ganó. No recogió lo ganado y lo dejó en la mesa.
Salió el negro otra vez y tampoco recogió lo ganado. Y cuando la tercera vez salió el
rojo, perdió de un golpe mil doscientos francos. Se retiró sonriendo y sin perder la
dignidad. Yo estaba seguro de que por dentro iba consumido de rabia y que si la puesta
hubiera sido dos o tres veces mayor, hubiera perdido la serenidad y dado suelta a su
turbación. Por otra parte, un francés, en mi presencia, ganó y perdió hasta treinta mil
francos, alegre y tranquilamente. El caballero auténtico, aunque pierda cuanto tiene, no
debe alterarse. El dinero está tan por bajo de la dignidad de un caballero que casi no vale
la pena pensar en él. Sería muy aristocrático, por supuesto, no darse cuenta de la


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