El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.9
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me contesté que la odiaba. Sí, me era odiosa. Había momentos (cabalmente cada vez que
terminábamos una conversación) en que hubiera dado media vida por estrangularla. Juro
que si hubiera sido posible hundirle un cuchillo bien afilado en el seno, creo que lo
hubiera hecho con placer. Y, no obstante, juro por lo más sagrado que si en el
Schlangenberg, en esa cumbre tan a la moda, me hubiera dicho efectivamente:
«¡Tírese!», me hubiera tirado en el acto, y hasta con gusto. Yo lo sabía. De una manera u
otra había que resolver aquello. Ella, por su parte, lo comprendía perfectamente, y sólo el
pensar que yo me daba cuenta justa y cabal de su inaccesibilidad para mí, de la
imposibilidad de convertir mis fantasías en realidades, sólo el pensarlo, estaba seguro, le
producía extraordinario deleite; de lo contrario, ¿cómo podría, tan discreta e inteligente
como es, permitirse tales intimidades y revelaciones conmigo? Se me antoja que hasta
entonces me había mirado como aquella emperatriz de la antigüedad que se desnudaba en
presencia de un esclavo suyo, considerando que no era hombre. Sí, muchas veces me
consideraba como sí no fuese hombre...
Pero, en fin, había recibido su encargo: ganar a la ruleta de la manera que fuese. No tenía
tiempo para pensar con qué fin y con cuánta rapidez era menester ganar y qué nuevas
combinaciones surgían en aquella cabeza siempre entregada al cálculo. Además, en los
últimos quince días habían entrado en juego nuevos factores, de los cuales aún no tenía
idea. Era preciso averiguar todo ello, adentrarse en muchas cuestiones y cuanto antes
mejor. Pero de momento no había tiempo. Tenía que ir a la ruleta.
Capítulo 2
Confieso que el mandato me era desagradable, porque aunque había resuelto jugar no
había previsto que empezaría jugando por cuenta ajena. Hasta me sacó un tanto de quicio,
y entré en las salas de juego con ánimo muy desabrido. No me gustó lo que vi allí a la
primera ojeada. No puedo aguantar el servilismo que delatan las crónicas de todo el
mundo, y sobre todo las de nuestros periódicos rusos, en las que cada primavera los que
las escriben hablan de dos cosas: primera, del extraordinario esplendor y lujo de las salas
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