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El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.8

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dispuesto a tirarse de cabeza desde allí, desde una altura, según parece, de mil pies.
Alguna vez pronunciaré esa palabra, aunque sólo sea para ver cómo paga usted lo que se
pida, y puede estar seguro de que seré inflexible. Me es usted odioso, justamente porque
le he permitido tantas cosas, y más odioso aún porque le necesito. Pero mientras le
necesite, tendré que ponerle a buen recaudo.
Se dispuso a levantarse. Hablaba con irritación. últimamente, cada vez que hablaba
conmigo, terminaba el coloquio en una nota de enojo y furia, de verdadera furia.
-Permítame preguntarle: ¿qué clase de persona es mademoiselle Blanche? -dije,
deseando que no se fuera sin una explicación.
-Usted mismo sabe qué clase de persona es mademoiselle Blanche. No hay por qué
añadir nada a lo que se sabe hace tiempo. Mademoiselle Blanche será probablemente
esposa del general, es decir, si se confirman los rumores sobre la muerte de la abuela,
porque mademoiselle Blanche, lo mismo que su madre y que su primo el marqués, saben
muy bien que estamos arruinados.
-¿Y el general está perdidamente enamorado?
-No se trata de eso ahora. Escuche y tenga presente lo que le digo: tome estos
setecientos florines y vaya a jugar; gáneme cuanto pueda a la ruleta; necesito ahora
dinero de la forma que sea.
Dicho esto, llamó a Nadyenka y se encaminó al Casino, donde se reunió con el resto de
nuestro grupo. Yo, pensativo y perplejo, tomé por la primera vereda que vi a la izquierda.
La orden de jugar a la ruleta me produjo el efecto de un mazazo en la cabeza. Cosa rara,
tenía bastante de qué preocuparme y, sin embargo, aquí estaba ahora, metido a analizar
mis sentimientos hacia Polina. Cierto era que me había sentido mejor durante estos
quince días de ausencia que ahora, en el día de mi regreso, aunque todavía en el camino
desatinaba como un loco, respingaba como un azogado, y a veces hasta en sueños la veía.
Una vez (esto pasó en Suiza), me dormí en el vagón y, por lo visto, empecé a hablar con
Polina en voz alta, dando mucho que reír a mis compañeros de viaje. Y ahora, una vez
más, me hice la pregunta: ¿la quiero?
Y una vez más no supe qué contestar; o, mejor dicho, una vez más, por centésima vez,


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