El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.7
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- ¡Anda, porque si no me equivoco, el general ya ha conseguido que le preste dinero!
-Sus sospechas están bien fundadas.
-¡Claro! ¿Le daría dinero si no supiera lo de la abuela? ¿Notó usted a la mesa que
mencionó a la abuela tres veces y la llamó «la abuelita», la baboulinka? ¡Qué relaciones
tan íntimas y amistosas!
-Sí, tiene usted razón. Tan pronto como sepa que en el testamento se me deja algo, pide
mi mano. ¿No es esto lo que quería usted saber?
-¿Sólo que pide su mano? Yo creía que ya la había pedido hacía tiempo
-¡Usted sabe muy bien que no! -dijo Polina, irritada-. ¿Dónde conoció usted a ese
inglés? -añadió tras un minuto de silencio.
-Ya sabía yo que me preguntaría usted por él.
Le relaté mis encuentros anteriores con mister Astley durante el viaje.
-Es hombre tímido y enamoradizo y, por supuesto, ya está enamorado de usted.
Sí, está enamorado de mí -repuso Polina.
-Y, claro, es diez veces más rico que el francés. ¿Pero es que el francés tiene de veras
algo? ¿No es eso motivo de duda?
-No, no lo es. Tiene un cháteau o algo por el estilo. Ayer, sin ir más lejos, me hablaba
el general de ello, y muy positivamente. Bueno, ¿qué? ¿Está usted satisfecho?
-Yo que usted me casaría sin más con el inglés.
-¿Por qué? -preguntó Polina.
-El francés es mejor mozo, pero es un granuja, y el inglés, además de ser honrado, es
diez veces más rico -dije con brusquedad.
-Sí, pero el francés es marqués y más listo -respondió ella con la mayor tranquilidad.
-¿De veras?
-Como lo oye.
A Polina le desagradaban mucho mis preguntas, y eché de ver que quería enfurecerme
con el tono y la brutalidad de sus respuestas. Así se lo dije al momento.
-De veras que me divierte verle tan rabioso. Tiene que pagarme de algún modo el que le
permita hacer preguntas y conjeturas parecidas.
-Es que yo, en efecto, me considero con derecho a hacer a usted toda clase de preguntas
-respondí con calma-, precisamente porque estoy dispuesto a pagar por ellas lo que se
pida, y porque estimo que mi vida no vale un comino ahora.
Polina rompió a reír.
-La última vez, en el Schlangenberg, dijo usted que a la primera palabra mía estaba
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