El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.4
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les era absolutamente imposible a los rusos sentarse a comer a una mesa redonda de
hotel. El general me miró con asombro.
-Si uno tiene amor propio -proseguí- no puede evitar los altercados y tiene que aguantar
las afrentas más soeces. En París, en el Rin, incluso en Suiza, se sientan a la mesa
redonda tantos polaquillos y sus simpatizantes franceses que un ruso no halla modo de
intervenir en la conversación.
Dije esto en francés. El general me miró perplejo, sin saber si debía mostrarse ofendido
o sólo maravillado de mi desplante.
-Bien se ve que alguien le ha dado a usted una lección -dijo el francesito con descuido y
desdén.
-En París, Para empezar, cambié insultos con un polaco -respondí- y luego con un
oficial francés que se puso de parte del polaco. Pero después algunos de los franceses se
pusieron a su vez de parte mía, cuando les conté cómo quise escupir en el café de un
monsignore.
-¿Escupir? -preguntó el general con fatua perplejidad y mirando en torno suyo. El
francesito me escudriñó con mirada incrédula.
-Así como suena –contesté-. Como durante un par de días creí que tendría que hacer
una rápida visita a Roma por causa de nuestro negocio, fui a la oficina de la legación del
Padre Santo en París para que visaran el pasaporte. Allí me salió al encuentro un clérigo
pequeño, cincuentón, seco y con cara de pocos amigos. Me escuchó cortésmente, pero
con aire avinagrado, y me dijo que esperase. Aunque tenía prisa, me senté, claro está, a
esperar, saqué L´Opinion Nationale y me puse a leer una sarta terrible de insultos contra
Rusia. Mientras tanto oí que alguien en la habitación vecina iba a ver a Monsignore y vi
al clérigo hacerle una reverencia. Le repetí la petición anterior y, con aire aún más agrio,
me dijo otra vez que esperara. Poco después entró otro desconocido, en visita de
negocios; un austriaco, por lo visto, que también fue atendido y conducido al piso de
arriba. Yo ya no pude contener mi enojo: me levanté, me acerqué al clérigo y le dije con
retintín que puesto que Monsignore recibía, bien podía atender también a mi asunto. Al
oír esto el clérigo dió un paso atrás, sobrecogido de insólito espanto.
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