El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.3
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Cuando llegué, pues, el general me miró con
extrañeza. La buena de Marya Filippovna me señaló un puesto a la mesa, pero el
encuentro con mister Astley salvó la situación y acabé formando parte del grupo, al
menos en apariencia.
Tropecé por primera vez con este inglés excéntrico en Prusia, en un vagón en que
estábamos sentados uno frente a otro cuando yo iba al alcance de nuestra gente; más tarde
volví a encontrarle cuando viajaba por Francia y por último en Suiza dos veces en quince
días; y he aquí que inopinadamente topaba con él de nuevo en Roulettenburg. En mi vida
he conocido a un hombre más tímido, tímido hasta lo increíble; y él sin duda lo sabe
porque no tiene un pelo de tonto. Pero es hombre muy agradable y flemático. Le saqué
conversación cuando nos encontramos por primera vez en Prusia. Me dijo que había
estado ese verano en el Cabo Norte y que tenía gran deseo de asistir a la feria de Nizhni
Novgorod. Ignoro cómo trabó conocimiento con el general. Se me antoja que está
locamente enamorado de Polina. Cuando ella entró se le encendió a él el rostro con todos
los colores del ocaso. Mostró alegría cuando me senté junto a él a la mesa y, al parecer,
me considera ya como amigo entrañable.
A la mesa el francesito galleaba más que de costumbre y se mostraba desenvuelto y
autoritario con todos. Recuerdo que ya en Moscú soltaba pompas de jabón. Habló por los
codos de finanzas y de política rusa. De vez en cuando el general se atrevía a objetar
algo, pero discretamente, para no verse privado por entero de su autoridad.
Yo estaba de humor extraño y, por supuesto, antes de mediada la comida me hice la
pregunta usual y sempiterna: «¿Por qué pierdo el tiempo con este general y no le he dado
ya esquinazo?». De cuando en cuando lanzaba una mirada a Polina Aleksandrovna, quien
ni se daba cuenta de mi presencia. Ello ocasionó el que yo me desbocara y echara por alto
toda cortesía.
La cosa empezó con que, sin motivo aparente, me entrometí de rondón en la
conversación ajena. Lo que yo quería sobre todo era reñir con el francesito. Me volví
hacia el general y en voz alta y precisa, interrumpiéndole por lo visto, dije que ese verano
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