El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.2
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En todo caso, aunque no
soy mentor suyo ni deseo serlo, tengo al menos derecho a esperar que usted, por así
decirlo, no me comprometa ... ».
-Pero si no tengo dinero -respondí con calma-. Para perderlo hay que tenerlo.
-Lo tendrá enseguida -respondió el general ruborizándose un tanto. Revolvió en su
escritorio, consultó un cuaderno y de ello resultó que me correspondían unos ciento
veinte rublos.
-Al liquidar -añadió- hay que convertir los rublos en táleros. Aquí tiene cien táleros en
números redondos. Lo que falta no caerá en olvido.
Tomé el dinero en silencio.
-Por favor, no se enoje por lo que le digo. Es usted tan quisquilloso... Si le he hecho una
observación ha sido por ponerle sobre aviso, por así decirlo; a lo que por supuesto tengo
algún derecho...
Cuando volvía a casa con los niños antes de la hora de comer, vi pasar toda una
cabalgata. Nuestra gente iba a visitar unas ruinas. ¡Dos calesas soberbias y magníficos
caballos!
Mademoiselle Blanche iba en una de ellas con Marya Filippovna y Polina; el francesito,
el inglés y nuestro general iban a caballo. Los transeúntes se paraban a mirar. Todo ello
era de muy buen efecto, sólo que a expensas del general. Calculé que con los cuatro mil
francos que yo había traído y con los que ellos, por lo visto, habían conseguido reunir,
tenían ahora siete u ocho mil, cantidad demasiado pequeña para mademoiselle Blanche.
Mademoiselle Blanche, a la que acompaña su madre, reside también en el hotel. Por
aquí anda también nuestro francesito. La servidumbre le llama monsieur le comte y a
mademoiselle Blanche madame la comtesse. Es posible que, en efecto, sean comte y
comtesse.
Yo bien sabía que monsieur le comte no me reconocería cuando nos encontráramos a la
mesa. Al general, por supuesto, no se le ocurriría presentarnos o, por lo menos,
presentarme a mí, puesto que monsieur le comte ha estado en Rusia y sabe lo poquita
cosa que es lo que ellos llaman un outchitel, esto es, un tutor. Sin embargo, me conoce
muy bien. Confieso que me presenté en la comida sin haber sido invitado; el general, por
lo visto, se olvidó de dar instrucciones, porque de otro modo me hubiera mandado de
seguro a comer a la mesa redonda.
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