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Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.489

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-¿Cómo? ¿Le conocía usted?
-Sí... Había llegado hacía poco.
-En efecto. Había perdido a su mujer. Era un hombre dado a la crápula. Y de pronto se suicida. ¡Y de qué modo! No se lo puede usted imaginar... Ha dejado unas palabras escritas en un bloc de notas, declarando que moría por su propia voluntad y que no se debía culpar a nadie de su muerte. Dicen que tenía dinero. ¿Cómo es que lo conoce usted?
-¿Yo? Pues... Mi hermana fue institutriz en su casa.
-Entonces, usted puede facilitarnos datos sobre él. ¿Sospechaba usted sus propósitos?
-Le vi ayer. Estaba bebiendo champán. No observé en él nada anormal.
Raskolnikof tenía la impresión de que había caído un peso enorme sobre su pecho y lo aplastaba.
-Otra vez se ha puesto usted pálido. ¡Está tan cargada la atmósfera en estas oficinas!
-Sí -murmuró Raskolnikof-. Me marcho. Perdóneme por haberle molestado.
-No diga usted eso. Estoy siempre a su disposición. Su visita ha sido para mí una verdadera satisfacción.
Y tendió la mano a Rodion Romanovitch.
-Sólo quería ver a Zamiotof.
-Comprendido. Encantado dé su visita.
-Yo también... he tenido mucho gusto en verle –dijo Raskolnikof con una sonrisa-. Usted siga bien.
Salió de la comisaría con paso vacilante. La cabeza le daba vueltas. Le costaba gran trabajo mantenerse sobre sus piernas. Empezó a bajar la escalera apoyándose en la pared. Le pareció que un ordenanza que subía a la comisaría tropezó con él; que, al llegar al primer piso, oyó ladrar a un perro, y vio que una mujer le arrojaba un rodillo de pastelería mientras le gritaba para hacerle callar. Al fin llegó a la planta baja y salió a la calle. Entonces vio a Sonia. Estaba cerca del portal, y, pálida como una muerta, le miraba con una expresión de extravío. Raskolnikof se detuvo ante ella. Una sombra de sufrimiento y desesperación pasó por el semblante de la joven. Enlazó las manos, y una sonrisa que no fue más que una mueca le torció los labios. Rodia permaneció un instante inmóvil. Luego sonrió amargamente y volvió a subir a la comisaría.
Ilia Petrovitch, sentado a su mesa, hojeaba un montón de papeles. El mujik que acababa de tropezar con Raskolnikof estaba de pie ante él.
-¿Usted otra vez? ¿Se le ha olvidado algo? ¿Qué le pasa?
Con los labios amoratados y la mirada inmóvil, Raskolnikof se acercó lentamente a la mesa de Ilia Petrovitch, apoyó la mano en ella e intentó hablar, pero ni una sola palabra salió de sus labios: sólo pudo proferir sonidos inarticulados.


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