Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.486
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De todas formas, he de apurar la copa. ¿Qué importa, pues, el modo de bebérmela? Cuanto más amargue el contenido, más mérito tendrá mi sacrificio.»
Pensó de pronto en Ilia Petrovitch, el -teniente Pólvora».
-Pero ¿es que sólo con él puedo hablar? ¿Acaso no podría dirigirme a otro, a Nikodim Fomitch, por ejemplo? ¿Y si volviera atrás y fuese a visitar al comisario de policía en su domicilio? Entonces la escena se desarrollaría de un modo menos oficial y menos... No, no; me enfrentaré con el "teniente Pólvora". Puesto que hay que beberse la copa, me la beberé de una vez.»
Y presa de un frío de muerte, con movimientos casi inconscientes, Raskolnikof abrió la puerta de la comisaría.
Esta vez sólo vio en la antecámara un ordenanza y un hombre del pueblo. Ni siquiera apareció el gendarme de guardia. Raskolnikof pasó a la pieza inmediata.
-A lo mejor, no puedo decir nada todavía», pensó.
Un empleado que vestía de paisano y no el uniforme reglamentario escribía inclinado sobre su mesa. Zamiotof no estaba. El comisario, tampoco.
-¿No hay nadie? -preguntó al escribiente.
-¿A quién quiere ver?
En esto se dejó oír una voz conocida.
-No necesito oídos ni ojos: cuando llega un ruso, percibo por instinto su presencia..., como dice el cuento. Encantado de verle.
Raskolnikof empezó a temblar. El -teniente Pólvora» estaba ante él. Había salido de pronto de la tercera habitación.
- Es el destino -pensó Raskolnikof-. ¿Qué hace este hombre aquí?»
-¿Viene usted a vernos? ¿Con qué objeto?
Parecía estar de excelente humor y bastante animado.
-Si ha venido usted por algún asunto del despacho -continuó-, es demasiado temprano. Yo estoy aquí por casualidad... Dígame: ¿puedo serle útil en algo? Le aseguro, señor... ¡Caramba no me acuerdo del apellido! Perdóneme...
-Raskolnikof.
-¡Ah, sí! Raskolnikof. Lo siento, pero se me había ido de la memoria... Le ruego que me perdone, Rodion Ro... Ro... Rodionovitch, ¿no?
-Rodion Romanovitch.
-¡Eso es: Rodion Romanovitch! Lo tenía en la punta de la lengua. He procurado tener noticias de usted con frecuencia. Le aseguro que he lamentado profundamente nuestro comportamiento con usted hace unos días. Después supe que era usted escritor, incluso un sabio, en el principio de su carrera. ¿Y qué escritor joven no ha empezado por...? Tanto mi mujer como yo somos aficionados a la lectura. Pero mi mujer me aventaja: siente verdadera pasión, una especie de locura, por las letras y las artes.
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