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Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.485

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Una inmensa ternura se adueñó de él; las lágrimas brotaron de sus ojos. Sin vacilar, se dejó caer de rodillas en el suelo, se inclinó y besó la tierra, el barro, con verdadero placer. Después se levantó y en seguida volvió a arrodillarse.
-¡Éste ha bebido lo suyo! -dijo un joven que pasaba cerca.
El comentario fue acogido con grandes carcajadas.
-Es un peregrino que parte para Tierra Santa, hermanos -dijo otro, que había bebido más de la cuenta-, y que se despide de sus amados hijos y de su patria. Saluda a todos y besa el suelo patrio en su capital, San Petersburgo.
-Es todavía joven -observó un tercero.
-Es un noble -dijo una voz grave.
-Hoy en día es imposible distinguir a los nobles de los que no lo son.
Estos comentarios detuvieron en los labios de Raskolnikof las palabras -Soy un asesino» que se disponía a pronunciar. Sin embargo, soportó con gran calma las burlas de la multitud, se levantó y, sin volverse, echó a andar hacia la comisaría.
Pronto apareció alguien en su camino. No se asombró, porque lo esperaba. En el momento en que se había arrodillado por segunda vez en la plaza del Mercado había visto a Sonia a su izquierda, a unos cincuenta pasos. Trataba de pasar inadvertida para él, ocultándose tras una de las barracas de madera que había en la plaza. Comprendió que quería acompañarle mientras subía su Calvario.
En este momento se hizo la luz en la mente de Raskolnikof. Comprendió que Sonia le pertenecía para siempre y que le seguiría a todas partes, aunque su destino le condujera al fin del mundo. Este convencimiento le trastornó, pero en seguida advirtió que había llegado al término fatal de su camino.
Entró en el patio con paso firme. Las oficinas de la comisaría estaban en el tercer piso.
-El tiempo que tarde en subir me pertenece», se dijo.
El minuto fatídico le parecía lejano. Aún tendría tiempo de pensarlo bien.
Encontró la escalera como la vez anterior: cubierta de basuras y llena de los olores infectos que salían de las cocinas cuyas puertas se abrían sobre los rellanos. Raskolnikof no había vuelto a la comisaría desde su primera visita. Sus piernas se negaban a obedecerle y le impedían avanzar. Se detuvo un momento para tomar aliento, recobrarse y entrar como un hombre.
-Pero ¿por qué he de preocuparme del modo de entrar? -se preguntó de pronto-.


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