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Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.483

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De pronto observó, sorprendido, que Sonia se disponía a acompañarle.
-¿Qué haces? ¿Adónde vas? No, no; quédate; iré solo -dijo, irritado, mientras se dirigía a la puerta-. No necesito acompañamiento -gruñó al cruzar el umbral.
Sonia permaneció inmóvil en medio de la habitación. Rodia ni siquiera le había dicho adiós: se había olvidado de ella. Un sentimiento de duda y de rebeldía llenaba su corazón.
-¿Debo hacerlo? -se preguntó mientras bajaba la escalera-. ¿No seria preferible volver atrás, arreglar las cosas de otro modo y no ir a entregarme?
Pero continuó su camino, y de pronto comprendió que la hora de las vacilaciones había pasado.
Ya en la calle, se acordó de que no había dicho adiós a Sonia y de que la joven, con el chal en la cabeza, habia quedado clavada en el suelo al oír su grito de furor... Este pensamiento lo detuvo un instante, pero pronto surgió con toda claridad en su mente una idea que parecía haber estado rondando vagamente su cerebro en espera de aquel momento para manifestarse.
-¿Para qué he ido a su casa? Le he dicho que iba por un asunto. Pero ¿qué asunto? No tengo ninguno. ¿Para anunciarle que iba a presentarme? ¡Como si esto fuera necesario! ¿Será que la amo? No puede ser, puesto que acabo de rechazarla como a un perro. ¿Acaso tenía yo alguna necesidad de la cruz? ¡Qué bajo he caído! Lo que yo necesitaba eran sus lágrimas, lo que quería era recrearme ante la expresión de terror de su rostro y las torturas de su desgarrado corazón. Además, deseaba aferrarme a cualquier cosa para ganar tiempo y contemplar un rostro humano... ¡Y he osado enorgullecerme, creerme llamado a un alto destino! ¡Qué miserable y qué cobarde soy!
Avanzaba a lo largo del malecón del canal y ya estaba muy cerca del término de su camino. Pero al llegar al puente se detuvo, vaciló un momento y, de pronto, se dirigió a la plaza del Mercado.
Miraba ávidamente a derecha e izquierda. Se esforzaba por examinar atentamente las cosas más insignificantes que encontraba en su camino, pero no podía fijar la atención: todo parecía huir de su mente.
- Dentro de una semana o de un mes -se dijo- volveré a pasar este puente en un coche celular... ¿Cómo miraré entonces el canal? ¿Volveré a fijarme en el rótulo que ahora estoy leyendo? En él veo la palabra "Compañía".


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