Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.477
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Ni yo mismo sé por qué he ido. Soy un hombre vil, Dunia.
-Sí, pero dispuesto a ir en busca de la expiación. Porque irás, ¿verdad?
-Sí: iré en seguida. Para huir de este deshonor estaba dispuesto a arrojarme al río, pero en el momento en que iba a hacerlo me dije que siempre me había considerado como un hombre fuerte y que un hombre fuerte no debe temer a la vergüenza. ¿Es esto un acto de valor, Dunia?
-Sí, Rodia.
En los turbios ojos de Raskolnikof fulguró una especie de relámpago. Se sentía feliz al pensar que no había perdido la arrogancia.
-No creas, Dunia, que tuve miedo a morir ahogado -dijo, mirando a su hermana con una sonrisa horrible.
-¡Basta, Rodia! -exclamó la joven con un gesto de dolor.
Hubo un largo silencio. Raskolnikof tenía la mirada fija en el suelo. Dunetchka, en pie al otro lado de la mesa, le miraba con una expresión de amargura indecible. De pronto, Rodia se levantó.
-Es ya tarde. Tengo que ir a entregarme. Aunque no sé por qué lo hago.
Gruesas lágrimas rodaban por las mejillas de Dunia.
-Estás llorando, hermana mía. Pero me pregunto si querrás darme la mano.
-¿Lo dudas?
Lo estrechó fuertemente contra su pecho.
-Al ir a ofrecerte a la expiación, ¿acaso no borrarás la mitad de tu crimen? -exclamó, cerrando más todavía el cerco de sus brazos y besando a Rodia.
-¿Mi crimen? ¿Qué crimen? -exclamó el joven en un repentino acceso de furor-. ¿El de haber matado a un gusano venenoso, a una vieja usurera que hacía daño a todo el mundo, a un vampiro que chupaba la sangre a los necesitados? Un crimen así basta para borrar cuarenta pecados. No creo haber cometido ningún crimen y no trato de expiarlo. ¿Por qué me han de gritar por todas partes: - ¡Has cometido un crimen! »? Ahora que me he decidido a afrontar este vano deshonor me doy cuenta de lo absurdo de mi proceder. Sólo por cobardía y por debilidad voy a dar este paso..., o tal vez por el interés de que me habló Porfirio.
-Pero ¿qué dices, Rodia? -exclamó Dunia, consternada-. Has derramado sangre.
-Sangre..., sangre... -exclamó el joven con creciente vehemencia-. Todo el mundo la ha derramado. La sangre ha corrido siempre en oleadas sobre la tierra. Los hombres que la vierten como el agua obtienen un puesto en el Capitolio y el título de bienhechores de la humanidad.
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