Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.457
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Dunia le apuntó. Sólo esperaba que hiciera un movimiento para apretar el gatillo. Estaba mortalmente pálida, temblaba su labio inferior y sus grandes ojos negros lanzaban llamaradas. Svidrigailof no la había visto nunca tan hermosa. En el momento en que la joven levantó el revólver, el fuego de sus ojos penetró en el pecho del enemigo y quemó su corazón, que se contrajo dolorosamente. Dio un paso hacia delante y se oyó una detonación. La bala rozó el cabello de Svidrigailof y fue a incrustarse en la pared, a sus espaldas. Svidrigailof se detuvo y dijo, esbozando una sonrisa:
-Una picadura de avispa... Ya veo que ha tirado usted a la cabeza... Pero ¿qué es esto? Parece sangre.
Y sacó el pañuelo para limpiarse un hilillo de sangre que resbalaba por su sien. La bala debió de rozar la piel del cráneo.
Dunia había bajado el revólver y miraba a Svidrigailof con un gesto de pasmo más que de temor. Parecía incapaz de comprender lo que había hecho y lo que ocurría ante ella.
-Ya lo ve: ha errado el tiro. Vuelva a disparar. Ya ve que estoy esperando.
Hablaba en voz baja y con una sonrisa que ahora tenía algo de siniestro.
-Si tarda usted tanto -continuó-, podré caer sobre usted antes de que haya vuelto a apretar el gatillo.
Dunetchka se estremeció, preparó el revólver y apuntó.
-¡Déjeme! -gritó, desesperada-. Le juro que volveré a disparar ¡y le mataré!
-¡Qué importa! Desde luego, disparando a tres pasos es imposible fallar. Pero si usted no me mata...
Sus ojos centellearon y dio dos pasos más. Dunetchka disparó, pero no salió la bala.
-Ese revólver está mal cargado. Pero no importa: le queda una bala todavía. Arréglelo. Espero.
Estaba a dos pasos de la joven y la miraba con una ardiente fijeza que expresaba una resolución indómita. Dunia comprendió que preferiría morir a renunciar a ella. Y... y ahora estaba segura de matarle, ya que sólo lo tenía a dos pasos.
De pronto arrojó el arma.
-¡No quiere matarme! -exclamó Svidrigailof, asombrado.
Luego respiró profundamente. Su alma acababa de librarse de un gran peso que no era sólo el temor a la muerte. Sin embargo, le habría sido difícil explicar lo que sentía. Tenía la sensación de que se había librado de otro sentimiento más penoso que el de la muerte, pero no lograba identificarlo.
Se acercó a Dunia y la enlazó suavemente por el talle.
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