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Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.440

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¿No lo cree usted así...? Dígame, responda... Veo que usted me ha escuchado con gran atención, interesante joven...
Svidrigailof, impaciente, había dado un puñetazo en la mesa. Estaba congestionado. Raskolnikof comprendió que el vaso y medio de champán que se había bebido a pequeños sorbos le había transformado profundamente, y decidió aprovechar esta circunstancia para sonsacarle, pues aquel hombre le inspiraba gran desconfianza.
-Después de todo eso -dijo resueltamente, con el propósito de exasperarle-, no me cabe la menor duda de que ha venido aquí por mi hermana.
-Nada de eso -respondió Svidrigailof haciendo esfuerzos por serenarse-. Ya le he dicho que... Además, su hermana no me puede ver.
-No lo dudo, pero no se trata de eso.
-¿De modo que está usted seguro de que no me puede soportar? -Svidrigailof le hizo un guiño y sonrió burlonamente-. Tiene usted razón: le soy antipático. Pero nunca se pueden poner las manos al fuego sobre lo que pasa entre marido y mujer o entre dos amantes. Siempre hay un rinconcito oculto que sólo conocen los interesados. ¿Está usted seguro de que Avdotia Romanovna me mira con repugnancia?
-Ciertas frases y consideraciones de su relato me demuestran que usted sigue abrigando infames propósitos sobre Dunia.
Svidrigailof no se mostró en modo alguno ofendido por el calificativo que Raskolnikof acababa de aplicar a sus propósitos, y exclamó con ingenuo temor:
-¿De veras se me han escapado frases y reflexiones que le han hecho pensar a usted eso?
-En este mismo momento está usted dejando entrever sus fines. ¿De qué se ha asustado? ¿Cómo explica usted esos repentinos temores?
-¿Que yo me he asustado? ¿Que tengo miedo? ¿Miedo de usted? Es usted el que puede temerme a mí, cher ami. ¡Qué tonterías! Por lo demás, estoy borracho, ya lo veo. Si bebiera un poco más podría cometer algún disparate. ¡Que se vaya al diablo la bebida! ¡Eh, traedme agua!
Cogió la botella de champán y la arrojó por la ventana sin contemplaciones. Felipe le trajo agua.
-Todo eso es absurdo -añadió, empapando una servilleta y aplicándosela a la frente-. En dos palabras puedo reducir a la nada sus suposiciones. ¿Sabe usted que voy a casarme?
-Ya me lo dijo.
-¡Ah!, ¿sí? Pues no me acordaba... Pero entonces nada podía afirmar, porque aún no había visto a mi prometida y sólo se trataba de una intención. Ahora es cosa hecha. Si no fuera por la cita de que le he hablado, le llevaría a casa de mi novia.


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