Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.425
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Ahora no me cree usted, pero lo hará, porque la expiación es una gran cosa, Rodion Romanovitch. No se extrañe de oír hablar así a un hombre que ha engordado en el bienestar. El caso es que diga la verdad..., y no se burle usted. Estoy profundamente convencido de lo que acabo de decirle. Mikolka tiene razón. No, usted no huirá, Rodion Romanovitch.
Raskolnikof se levantó y cogió su gorra. Porfirio Petrovitch se levantó también.
-¿Va usted a dar una vuelta? La noche promete ser hermosa. Aunque a lo mejor hay tormenta... Lo cual seria tal vez preferible, porque así se refrescaría la atmósfera.
-Porfirio Petrovitch -dijo Raskolnikof en tono seco y vehemente-, que no le pase por la imaginación que le he hecho la confesión más mínima. Usted es un hombre extraño, y yo sólo le he escuchado por curiosidad. Pero no he confesado nada, absolutamente nada. No lo olvide.
-Entendido; no lo olvidaré... Está usted temblando... No se preocupe, amigo mío: se cumplirán sus deseos. Pasee usted, pero sin rebasar los límites... Ahora voy a hacerle un último ruego -añadió bajando la voz-. Es un punto un poco delicado pero importante. En el caso, a mi juicio sumamente improbable de que en estas cuarenta y ocho o cincuenta horas le asalte la idea de poner fin a todo esto de un modo poco común, en una palabra, quitándose la vida (y perdone esta absurda suposición), tenga la bondad de dejar escrita una nota; dos líneas, nada más que dos líneas, indicando el lugar donde está la piedra. Esto será lo más noble... En fin, hasta más ver. Que Dios le inspire.
Porfirio salió, bajando la cabeza para no mirar al joven. Éste se acercó a la ventana y esperó con impaciencia el momento en que, según sus cálculos, el juez de instrucción se hubiera alejado un buen trecho de la casa.
Entonces salió él a toda prisa.
III
Quería ver cuanto antes a Svidrigailof. Ignoraba sus propósitos, pero aquel hombre tenía sobre él un poder misterioso. Desde que Raskolnikof se había dado cuenta de ello, la inquietud lo consumía. Además, había llegado el momento de tener una explicación con él.
Otra cuestión le atormentaba. Se preguntaba si Svidrigailof habría ido a visitar a Porfirio.
Raskolnikof suponía que no había ido: lo habría jurado. Siguió pensando en ello, recordó todos los detalles de la visita de Porfirio y llegó a la misma conclusión negativa.
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