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Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.408

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También sé que ella puede amarte, si no te ama ya. Ahora a ti te concierne decidir si debes irte a beber.
-Rodia... Mira... Oye... ¡Demonio! ¿Qué quieres decir con eso de que las pones en mis manos...? Bueno, si es un secreto, no me digas nada: yo lo descubriré. Estoy seguro de que todo eso son tonterías forjadas por tu imaginación. Por lo demás, eres una buena persona, un hombre excelente.
-Cuando me has interrumpido, te iba a decir que haces bien en renunciar a conocer mis secretos. No pienses en esto, no te preocupes. Todo se aclarará a su debido tiempo, y entonces ya no habrá secretos para ti. Ayer alguien me dijo que los hombres tenemos necesidad de aire, ¿lo oyes?, de aire. Ahora mismo voy a ir a preguntarle qué quería decir con eso.
Rasumikhine reflexionó febrilmente. De pronto tuvo una idea.
- Seguramente -pensó-, Raskolnikof es un conspirador político y está en vísperas de dar un golpe decisivo. No puede ser otra cosa... Y Dunia está enterada.»
-Así -dijo recalcando las palabras-, Avdotia Romanovna viene a verte y tú vas ahora a ver a un hombre que dice que hace falta aire, que eso es lo primero... Por lo tanto, esa carta -terminó como si hablara consigo mismo- debe referirse a todo esto.
-¿Qué carta?
-Tu hermana ha recibido hoy una carta que parece haberla afectado. Yo diría incluso que la ha trastornado profundamente. Yo he intentado hablarle de ti, y ella me ha rogado que me callara. Luego me ha dicho que tal vez tuviéramos que separarnos muy pronto. Me ha dado las gracias calurosamente no sé por qué y luego se ha encerrado en su habitación.
-¿Dices que ha recibido una carta? -preguntó Raskolnikof, pensativo.
-Sí, una carta. ¿No lo sabías?
Los dos guardaron silencio.
-Adiós, Rodia. Te confieso, amigo mío, que hubo un momento... Bueno, adiós... Sí, hubo un momento en que... Adiós, adiós; tengo que marcharme. En cuanto a eso de beber, no lo haré. Te equivocas si crees que eso es necesario.
Parecía tener mucha prisa, pero apenas hubo salido, volvió a entrar y dijo a Raskolnikof sin mirarle:
-Oye, ¿te acuerdas de aquel asesinato, de aquel asunto que Porfirio estaba encargado de instruir? Me refiero a la muerte de la vieja. Pues bien, ya se ha descubierto al asesino. Él mismo ha confesado y presentado toda clase de pruebas.


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