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Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.407

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Se refería a Sonia Simonovna, de la que supone que es tu prometida o tu amante. No sabe si es una cosa a otra, y como yo tampoco lo sé, amigo mío, y deseaba salir de dudas, he ido en seguida a casa de esa joven... Al entrar, veo un ataúd, niños que lloran y a Sonia Simonovna probándoles vestidos de luto. Tú no estabas allí. Después de buscarte con los ojos, me he excusado, he salido y he ido a contar a Avdotia Romanovna los resultados de mis pesquisas. O sea que las suposiciones de tu madre han resultado inexactas, y puesto que no se trata de una aventura amorosa, la hipótesis más plausible es la de la locura. Pero ahora te encuentro comiendo con tanta avidez como si llevaras tres días en ayunas. Verdad es que los locos también comen, y que, además, no me has dicho ni una palabra; pero estoy seguro de que no estás loco. Eso es para mí tan indiscutible, que lo juraría a ojos cerrados. Así, que el diablo se os lleve a todos. Aquí hay un misterio, un secreto, y no estoy dispuesto a romperme la cabeza para resolver este enigma. Sólo he venido aquí -terminó, levantándose- para decirte lo que te he dicho y descargar mi conciencia. Ahora ya sé lo que tengo que hacer.
-¿Qué vas a hacer?
-¡A ti qué te importa!
-Vas a beber. Lleva cuidado.
-¿Cómo lo has adivinado?
-No es nada difícil.
Rasumikhine permaneció un momento en silencio.
-Tú eres muy inteligente y nunca has estado loco -exclamó con vehemencia-. Has dado en el clavo. Me voy a beber. Adiós.
Y dio un paso hacia la puerta.
-Hablé de ti a mi hermana, Rasumikhine. Me parece que fue anteayer.
Rasumikhine se detuvo.
-¿De mí? ¿Dónde la viste?
Había palidecido ligeramente, y bastaba mirarle para comprender que su corazón había empezado a latir con violencia.
-Vino a verme. Se sentó ahí y estuvo hablando conmigo.
-¿Ella?
-Sí.
-Bueno, pero ¿qué le dijiste de mí?
-Le dije que eres una excelente persona, un hombre honrado y trabajador. De tu amor no tuve que decirle nada, pues ella bien sabe que tú la quieres.
-¿Lo sabe?
-¡Pero, hombre...! Oye: me vaya yo donde me vaya y ocurra lo que ocurra, tú debes seguir siendo su providencia. Las pongo en tus manos, Rasumikhine. Te digo esto porque sé que la amas y estoy seguro de la pureza de tu amor.


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