Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.401
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Intentaba incorporarse... De pronto, con voz ronca, entrecortada, siniestra, deteniéndose para respirar después de cada palabra, con una creciente expresión de inquietud en el rostro, volvió a cantar:
En los mediodias ardientes
de los llanos del Daghestan...,
con una bala en el pecho...
De pronto rompió a llorar y exclamó con una especie de ronquido:
-¡Excelencia, proteja a los huérfanos en memoria del difunto Simón Zaharevitch, del que incluso puede decirse que era un aristócrata!
Tras un estremecimiento, volvió a su juicio, miró con un gesto de espanto a cuantos la rodeaban y se vio que hacía esfuerzos por recordar dónde estaba. En seguida reconoció a Sonia, pero se mostró sorprendida de verla a su lado.
-Sonia..., Sonia...-dijo dulcemente-, ¿también estás tú aquí?
La levantaron de nuevo.
-¡Ha llegado la hora...! ¡Esto se acabó, desgraciada...! La bestia está rendida..., ¡muerta! -gritó con amarga desesperación, y cayó sobre la almohada.
Quedó adormecida, pero este sopor duró poco. Echó hacia atrás el amarillento y enjuto rostro, su boca se abrió, sus piernas se extendieron convulsivamente, lanzó un profundo suspiro y murió.
Sonia se arrojó sobre el cadáver, se abrazó a él, dejó caer su cabeza sobre el descarnado pecho de la difunta y quedó inmóvil, petrificada. Poletchka se echó sobre los pies de su madre y empezó a besarlos sollozando.
Kolia y Lena, aunque no comprendían lo que había sucedido, adivinaban que el acontecimiento era catastrófico. Se habían cogido de los hombros y se miraban en silencio. De pronto, los dos abrieron la boca y empezaron a llorar y a gritar.
Los dos llevaban aún sus vestidos de saltimbanqui: uno su turbante, el otro su gorro adornado con una pluma de avestruz.
No se sabe cómo, el diploma obtenido por Catalina Ivanovna en el internado apareció de pronto en el lecho, al lado del cadáver. Raskolnikof lo vio. Estaba junto a la almohada.
Rodia se dirigió a la ventana. Lebeziatnikof corrió a reunirse con él.
Se ha muerto -murmuró.
-Rodion Romanovitch -dijo Svidrigailof acercándose a ellos-, tengo que decirle algo importante.
Lebeziatnikof se retiró en el acto discretamente. No obstante, Svidrigailof se llevó a Raskolnikof a un rincón más apartado. Rodia no podía ocultar su curiosidad.
-De todo esto, del entierro y de lo demás, me encargo yo. Ya sabe usted que tengo más dinero del que necesito. Llevaré a Poletchka y sus hermanitos a un buen orfelinato y depositaré mil quinientos rublos para cada uno.
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