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Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.400

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Kapernaumof se encargó de ello.
Entre tanto, Catalina Ivanovna se había reanimado un poco. La hemorragia había cesado. La enferma dirigió una mirada llena de dolor, pero penetrante, a la pobre Sonia, que, pálida y temblorosa, le limpiaba la frente con un pañuelo. Después pidió que la levantaran. La sentaron en la cama y le pusieron almohadas a ambos lados para que pudiera sostenerse.
-¿Dónde están los niños? -preguntó con voz trémula-. ¿Los has traído, Polia? ¡Los muy tontos! ¿Por qué habéis huido? ¿Por qué?
La sangre cubría aún sus delgados labios. La enferma paseó la mirada por la habitación.
-Aquí vives, ¿verdad, Sonia? No había venido nunca a tu casa, y al fin he tenido ocasión de verla.
Se quedó mirando a Sonia con una expresión llena de amargura.
-Hemos destrozado tu vida por completo... Polia, Lena, Kolia, venid... Aquí están, Sonia... Tómalos... Los pongo en tus manos... Yo he terminado ya... Se acabó la fiesta... Acostadme... Dejadme morir tranquila.
La tendieron en la cama.
-¿Cómo? ¿Un sacerdote? ¿Para qué? ¿Es que a alguno de ustedes les sobra un rublo...? Yo no tengo pecados... Dios me perdonará... Sabe lo mucho que he sufrido en la vida... Y si no me perdona, ¿qué le vamos a hacer?
El delirio de la fiebre se iba apoderando de ella. Sus ideas eran cada vez más confusas. A cada momento se estremecía, miraba al círculo formado en torno del lecho, los reconocía a todos. Después volvía a hundirse en el delirio. Su respiración era silbante y penosa. Se oía en su garganta una especie de hervor.
-Yo le dije: -¡Excelencia...!» -exclamó, deteniéndose después de cada palabra para tomar aliento-. ¡Esa Amalia Ludwigovna...! ¡Lena, Kolia, las manos en las caderas...! Vivacidad, mucha vivacidad... Ligereza y elegancia... Un poco de taconeo... ¡A ver si lo hacéis con gracia...!

»Du hast Diamanten and Perlen[L61].

»¿Qué viene después...? ¡Ah, sí!

»Du hast die schonsten Augen...
Madchen, was willst du meher?

»¡Qué falso es esto! Was willst du meher...? Bueno, ¿qué más dijo el muy imbécil...? Ya, ya recuerdo lo que sigue...

»En los mediodías ardientes
de los llanos del Daghestan...

»¡Ah, cómo me gustaba, como me encantaba esta romanza, Poletchka! Me la cantaba tu padre antes de casarnos... ¡Qué tiempos aquellos...! Esto es lo que debemos cantar... Pero ¿qué viene después...? Lo he olvidado... Ayúdame a recordar...
La dominaba una profunda agitación.


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